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Consuelo Ponce acababa de subirse a un taburete con la intención de bajar una persiana cuando se cayó. Ocurrió en el mes de noviembre de 2006. «Se creía que tenía 15 años», relata su hija Pilar. El incidente se produjo en la residencia madrileña en la que vivía su madre, que entonces ya había cumplido los 99. El resultado fue una fractura en la cabeza del fémur. Tras dos días de ingreso «atiborrada de calmantes» en un hospital público, a Pilar la cosa empezó a olerle mal: «No tenían intención de operarla. No se atrevían por su edad».
Como especialista en rehabilitación tuvo claro que si la dejaba allí inmovilizada moriría en poco tiempo. «Mi madre estaba llena de vida». Así que decidió, no sin problemas, sacarla del centro y buscar a un traumatólogo dispuesto a operarla. Lo encontró. Cuatro días después de la caída, Consuelo entraba en el quirófano para implantarse una prótesis de cadera. Dos días más tarde volvía a caminar. El pasado lunes cumplió 101 envidiables años y lo celebró bailando un vals.
El caso de Consuelo puede parecer excepcional. Pero el paso de pacientes octogenarios y nonagenarios por los quirófanos para someterse a cirugías de alto riesgo impensables hace poco tiempo ha dejado de ser anecdótico. En algunos hospitales españoles, hasta el 30% de los candidatos a intervenciones cardiacas ha cumplido los 80, la cifra es similar para las operaciones de cirugía general y digestiva e incluso superior para las de traumatología. La edad avanzada cada vez tiene menos contraindicaciones y los médicos se atreven a arriesgar más.
El cirujano ortopédico Ángel Villamor, director médico de la Clínica IQTRA, no tuvo dudas cuando la hija de Consuelo llamó a su puerta para que operara a su madre. «Cada vez recibimos pacientes más mayores. Antes se conformaban con la limitación que les imponía el envejecimiento, pero ahora se mantienen más activos físicamente y se ha vuelto muy exigentes, tanto ellos como sus familias», explica.
La bisabuela Ponce ha sido su paciente más anciano hasta la fecha, pero las visitas de 'ochentañeros' y 'noventañeros' a su clínica no son circunstanciales. ¿Merece la pena correr el riesgo que implica operar a un paciente a esa edad? «Algunos no consideran calidad de vida vivir con dolores. Si tienes en cuenta la posible mejoría que puedes obtener, sí se asume», responde el especialista.
PROGRESOS
La creciente demanda social no ha sido la única razón del incremento de la cirugía agresiva en la denominada 'cuarta edad'. El progreso de las técnicas quirúrgicas y de los cuidados posoperatorios han sido claves a la hora de aceptar como candidatos a los muy mayores. «Gracias a ellos el riesgo se ha ido reduciendo paulatinamente», señala Villamor.
Hace apenas 10 años la intervención a la que se sometió Consuelo en vísperas de celebrar su centenario era inconcebible. Su sistema cardiorrespiratorio no hubiera soportado una cirugía tradicional con anestesia general. Pero aguantó perfectamente la epidural. «A otros pacientes, además, los sedamos un poco para que no oigan los martillazos y se pongan nerviosos. En su caso, lo evitamos y estuvo charlando con nosotros durante el proceso», recuerda el especialista.
La técnica operatoria fue determinante para que Villamor no titubeara ante el reto. «No lo hubiera asumido con el procedimiento clásico, pero sí con la cirugía mínimamente invasiva», dice. Ésta permite colocar una prótesis de cadera a través de una incisión de apenas 10 centímetros (el procedimiento tradicional exige, al menos, 30) y sin necesidad de dañar músculos ni tendones. Así, se acorta el tiempo quirúrgico, con lo que se reduce el estrés y el sufrimiento del organismo en personas de por sí más frágiles, disminuye el riesgo de infecciones y la pérdida de sangre y se acelera la recuperación.
Todos estos factores permitieron que Consuelo superara su operación. Al día siguiente comenzó a movilizarse. Cuatro más tarde salía del USP Hospital San José de Madrid por su propio pie. «No he tenido ningún dolor, camino con apoyo, parece que aún no estoy loca del todo y sigo teniendo una salud de bronce», bromea la flamante centenaria en conversación telefónica desde su nueva residencia en Barcelona. «De momento, la cirugía le ha regalado a mi madre dos maravillosos años», dice su hija. Y ha podido compartirlos con su otro hijo, cinco nietos y cinco bisnietos, junto a los que el lunes sopló las velas de su tarta de cumpleaños. «Sólo una con el número 101...», aclara Pilar.
Víctor del Pozo se dispone también a soplar las suyas el próximo cinco de octubre convaleciente aún de una operación para colocarle un triple 'by pass' coronario. Celebrará los 85. Hace tan sólo cinco meses su vida parecía acabarse. «Empecé a sentir dolores y una presión en el pecho que iba a más. Al final tenía las manos ennegrecidas [signo de riego sanguíneo deficiente]. Me puse muy malo y me llevaron a urgencias», relata este vecino de Tielmes (Madrid).
Fue su familia la que, asesorada por el doctor Ángel Pinto, jefe del Servicio de Cirugía Cardiaca del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, tomó la decisión de que Víctor se sometiera a una cirugía para resolver la cardiopatía isquémica que padecía. «El riesgo quirúrgico actual de un paciente de 80 años es similar al que tenía hace una década un enfermo de 60», explica Pinto, quien afirma que entre el 30% y 40% de los pacientes que opera actualmente es octogenario. Su récord es un varón de 92 años al que practicó una sustitución de la válvula aórtica del corazón. «Sigue vivo y va muy bien», afirma.
La cirugía cardiaca es otra de las áreas donde más se está notando el incremento de la edad de los pacientes. Y también donde el debate acerca del límite cronológico para pasar por el quirófano es más encendido. Hace 30 años se consideraba un hito operar del corazón a mayores de 65 años; en 1990, la frontera eran los 70, en 2000 irrumpieron los octogenarios y, según Pinto, en 2008 «hablamos de que no hay edad».
Yolanda Carrascal, cirujano cardiovascular del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, firma un editorial que publicará 'Medicina Clínica' bajo el título 'La cuarta edad: el límite o el reto'. Coincide en que «la edad nunca es un criterio único para recomendar o descartar una intervención». Y cita como ejemplo que «el riesgo [quirúrgico] de un paciente de 80 años sin otra patología asociada puede ser similar al de otro de 65, con enfermedad renal y un infarto de miocardio reciente».
Se han descrito intervenciones cardiacas en centenarios, pero en su equipo aún no han operado a ningún paciente de más de 89 años. «Creo que los límites existen», aduce Carrascal. «Por encima de los 90 la posibilidad de complicaciones relacionadas con la cirugía se acerca al 100% y el resultado puede ser un paciente con secuelas y dependiente. Cuando la autonomía y la calidad de vida esperables tras la intervención se ven reducidas al mínimo... ahí puede encontrarse», reflexiona.
La mayoría de los expertos secunda la opinión de que la edad cronológica ya no es un criterio válido por si sola. Lo que puntúa ahora en los quirófanos es la edad biológica. Es decir, el factor crucial para optar o no por el bisturí es el estado general de salud del paciente y si su organismo será capaz de salir bien del trance. «Se valoran el sistema respiratorio, cardiológico, renal, hepático y la reserva funcional. Esto nos indica las posibilidades de sobrevivir a la cirugía», explica Antonia Vaquero, adjunto de Cirugía General y Digestiva del Hospital Infanta Sofía de Madrid.
«Si a la edad le sumas tres o cuatro factores de riesgo más, el peligro aumenta y quizá ya no merece la pena operar», subraya José Luis López-Sendón, jefe de Cardiología del Hospital La Paz de Madrid.
RIESGOS
Este especialista no oculta cierta inquietud por la creciente tendencia a operar octogenarios. «No todos superan igual la cirugía. En algunos casos no tenemos claro cuáles son los beneficios y tenemos la sensación de que algunos enfermos no obtienen los esperados. Necesitamos afinar la selección de pacientes de forma individual», señala.
Sus apreciaciones se basan en la revisión de la experiencia que ha tenido en su hospital. En los últimos 26 años se han intervenido de cirugía cardiaca en este centro un total de 150 mayores de 80 años, 72 de ellos en los últimos cinco años. Un 30% falleció durante la operación o en los días inmediatos. La estancia hospitalaria de los que superaron el procedimiento fue, además, sensiblemente superior a la de los pacientes de menor edad sometidos a las mismas técnicas.
Los especialistas admiten que el aumento de la mortalidad es el precio que se paga por bajar al quirófano a estas edades. Pero recuerdan que el objetivo de estas cirugías no es prolongar la supervivencia, sino lograr una mejor calidad de vida o recuperarla. Las encuestas realizadas a los 53 octogenarios operados en La Paz que aún siguen vivos muestran que este propósito sí se cumple: cerca del 90% se manifiesta satisfecho con su estado y algunos dicen estar mejor que antes.
Pero todavía son pocos los estudios que han valorado cómo es la vida de estos pacientes tras su paso por la mesa de operaciones. Así lo advierte otra investigación publicada este año en 'Medicina Intensiva' por los cirujanos cardiacos y los intensivistas del Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona. Además de constatar un incremento de la mortalidad en los octogenarios que ingresaron en la unidad de críticos tras la intervención, señalan que en otros casos se produce un deterioro marcado respecto a su situación previa. Llegan a cuestionar si este tipo de prácticas es «muchas veces una caja de Pandora que al abrir nos puede mostrar una serie de desagradables complicaciones». Su conclusión es que el bisturí no es una solución mágica para los bisabuelos y que su riesgo quirúrgico «no se puede infravalorar».
Ajena a esta controversia, Consuelo Ponce presume de su 'secreto' de juventud: «La ilusión por vivir».
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