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Renacimiento. Por su polivalencia artística, Alberto Corazón podría considerarse un creador de otro tiempo, que vive ahora su propio renacer tras cuatro décadas de prolífica carrera.
Renacimiento. Por su polivalencia artística, Alberto Corazón podría considerarse un creador de otro tiempo, que vive ahora su propio renacer tras cuatro décadas de prolífica carrera.

DE PREMIO
Alberto Corazón

Practica este creador un juego dual y honesto, a veces camina en la vida y a veces crece, a veces diseña y a veces pinta, dibuja o esculpe; lo primero se lo encargan, lo segundo se lo pide él mismo. Una simbiosis que se retroalimenta, necesaria. Pero como en suelo patrio está tan mal visto hacer dos cosas bien, la obra plástica solía exponerla fuera. Este año, después de dos operaciones críticas de corazón, habitando aún sus neuronas ese límite entre el aquí y el allá, ha publicado un libro de reflexiones sobre el proceso creativo y expone en el IVAM una gran retrospectiva.

ELENA PITA. Fotografía de Thomas Canet


Érase que se era un hombre con cara de risa. Tenía unos ojos redondos que con los huecos de su nariz y su boca componían una sinfonía. Una simetría perfecta a juego siempre con la montura de las gafas, rubricado todo por un gran bigote de morsa: Alberto Corazón, dibujante, pintor, escultor, grafista. Pero a este hombre, en plena risa de la vida, empezaron a sucederle cosas extrañas. Los médicos le abrieron la columna, le abrieron el pecho, y el dolor fue tan demoledor que ahora sus neuronas no se fían de su corazón grande, con nuevas arterias, nuevas válvulas. Entonces el Instituto Valenciano de Arte Moderno decide hacerle «un extraordinario regalo»: una retrospectiva de sus 40 años de creación plástica que ya han reclamado además el Reina Sofía y el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.

Desde su madurez recién estrenada, al otro lado de su vida, de su sonrisa, Corazón (Madrid, 1942; académico de Bellas Artes y de Gastronomía, Premio Nacional de Diseño) ha publicado sus últimas reflexiones sobre el proceso creador: Una mirada en palabras (Seix Barral). «Estoy en un momento especial, casi de posparto». Le visitamos una tarde de calor en su casa, ciudad satélite de La Florida, Madrid; un estudio improvisado de palabras, escultura, óleos, carboncillos. Dos operarios montaban sus lienzos sobre bastidores.

–¿Cómo sienta que le hagan a uno una retrospectiva (con 67 años)?

–Maravillosamente, pero una retrospectiva es algo complicado, es como una sesión de terapia: uno no sabe exactamente qué va a descubrir, y por eso muchos artistas le tienen verdadero miedo. Es una gran introspección que a mí me ha descubierto aspectos de mí mismo a los que no les había prestado demasiada atención, y desde el punto de vista narrativo y formal, es un relato muy potente de 40 años a través de mi obra. Lo estoy viviendo como un extraordinario regalo, un caramelo que quiero que me dure, un punto de inflexión.

–Que le sucede después de haber sufrido dos operaciones críticas. ¿Qué pasó por su cabeza cuando vio de cerca el límite de la vida? –No es por la cabeza por donde pasa, sino que es una emoción muy corporal, muy integral. Tuve una sensación muy física y real de estar en el fondo del túnel, en el borde; de hecho los cirujanos lo confirman: durante un rato estás en lo que llaman vida suspendida, en la frontera, ni en un lado ni en otro. Los médicos me dijeron que había sufrido una de la mayores agresiones que puede soportar el cuerpo humano, de la que te recuperas antes física que neuronalmente, porque el cerebro crea unas defensas que luego cuesta mucho desbloquear.

–¿Como una especie de autismo neuronal?

–Eso es: el cerebro no se fía de ti. Y me lo noto, tengo ciertas dificultades de concentración. Yo que soy muy melómano, lo primero que reclamé fue la música, pero a los 60 minutos de ópera ya no logro mantener la atención. Lo estoy viviendo como un proceso de retorno.

–Alberto, ¿demasiado corazón?

–No, eso nunca. Cuando tienes un incidente así, entiendes por qué la Antigüedad clásica localizaba en el corazón el centro vital, y por qué las culturas primitivas creían que en el corazón estaba el alma. Con esto he experimentado una conversión y me he dado cuenta de que el núcleo de la vida no está en el cerebro sino en el corazón: mis neuronas ahora no se fían de mi corazón.

–¿Cómo vio el mundo cuando retornó a vivirlo?, ¿fue este retorno el punto de partida de sus reflexiones o Una mirada en palabras?

–No, el libro ya estaba escrito: salí del hospital y me encontré con él. Pero es curioso que al leerlo me doy cuenta de que estaba anticipando mucho de lo que estoy viviendo.

–¿Son reflexiones desde una madurez recién estrenada?

–Sí, que antes intuía y ahora vivo clarísimamente. El libro quiere responder a una pregunta que siempre nos hacen a los crea- dores plásticos: ¿esto qué significa? Pues no hay un significado inequívoco, sino referencias, y éstas son las que a mí me ayudan a pintar y a ti, a mirar el cuadro. El siglo XX ha sido muy arrogante con el espectador, ha tenido notables ataques de soberbia, pero sin el que atiende, la obra no existe. Yo necesito encontrar compañeros de viaje en el proceso de creación, que tiende a ser hermético; de ahí que me importe muchísimo algo que tanto ha despreciado el arte contemporáneo, los títulos.

–Dice que el origen de su lenguaje está en sus manos, ¿también cuando escribe?

–Sí, dibujar y escribir es para mí exactamente lo mismo, el proceso de conexión entre el cerebro y la mano es el mismo: sólo el resultado es distinto.

–Su producción literaria es amplísima, ¿acaso la plástica no colma su necesidad de expresarse? –No, en absoluto: no me llega con la plástica. El alfabeto es un sistema de signos gráficos de extraordinaria potencia, por eso utilizo no sólo letras sino palabras para mis cuadros, y cuando escribo necesito dibujar.

–¿Es usted un creador en sentido renacentista, o global, que suena hoy menos cursi?

–Ambas acepciones son fatales (risas). El modo de vida nos ha impuesto una excesiva especialización, y si uno tiene la fortuna de prescindir de ello, es una gran suerte.

–Al parecer Tiziano fue el primer alumno de la primera Academia de Arte, llamada de Diseño, Florencia, siglo XVI. La nuestra de Bellas Artes introduce el diseño por su culpa, o sea, ¿lo suyo es como lo de Tiziano pero al revés?

–(Más risas) Es simplemente una cuestión idiomática: diseño en italiano significa dibujo. La academia nació para organizar la discusión entre los que creían que el dibujo era la esencia del arte y los que defendían el color como esencial. Y tiene mucho sentido que el origen del término español diseñar sea dibujar, aunque nuestra referencia sea design, que tomamos del inglés a partir de la Bauhaus y sus artes figurativas.

–Alberto, estudió sociología, económicas, dibujo y pintura, y empezó siendo editor para pasar enseguida a ser diseñador gráfico, ¿una herencia de su abuelo?

–Esto es una historia rechazada por mi familia, pero sí debo de tener un gen de mi abuelo, afortunadamente; digamos que el gen bueno. Tuve una relación muy particular con él (y hace con sus manos una especie de símbolo conector).

–O sea, que fue el salto atrás, el guisante arrugado.

–O la oveja negra.

–Ha contado que su abuelo era impresor vocacional y que tenía una tienda en la Plaza Mayor, El gato negro. ¿Qué era la tienda además de su infancia?

–Era una mercería muy popular porque vendía lanas al peso, vendían muchísimo, a toda España; uno de esos sitios míticos. Viví la infancia en la Plaza Mayor, donde el barrio aún era el territorio. Pero para mí lo más importante era la otra vida de mi abuelo, que transcurría los veranos en su pequeña huerta, donde finalmente se retiró, Rafelbuñol: un pueblecito desde el que bajábamos a Valencia en una tartana para las fallas. Yo me iba con él en cuanto podía, y ahora me doy cuenta de lo mucho que me nutrió estética y éticamente, entre mis cinco y ?8 años, los que tenía cuando ya murió.

–¿Fue usted un joven hiperactivo o era normal en su época tanta versatilidad?

–No, no era nada normal. Yo nazco en el 42, en un país desolado, miserable en lo físico y lo espiritual, gris, plomizo. Creo que los que no han vivido esos años y no los vivieron con una necesidad de luz y de razón, no pueden hacerse a la idea de lo que aquello representó. Mi generación ha vivido lo que normalmente viven tres generaciones.

–Alberto Corazón es la década de los 70, un tiempo interesante al menos en este país, ¿cómo lo sintetizaría?

–Fíjate que esta retrospectiva me está sirviendo para reinterpretar los 70. Empieza en el 68, y desde ahí hasta el 76, mi trabajo es conceptual y tiene que ver con la comprensión y la relación con el entorno, es la época del happening, el Povera y una serie de comportamientos. Revisarlo me está devolviendo una mirada que no tenía. –Compañero de camino de Tàpies, Saura, el Equipo Crónica, ¿siempre el benjamín?

–Los Crónica y yo somos contemporáneos; Tàpies y Saura eran los mayores. Echo tanto de menos a Saura... nos defendió de todo, era tan generoso, tan corajudo.

–Los 70 son el arte conceptual, que muere en los 80, y es entonces cuando usted decide centrarse en el icono....

–El arte conceptual tenía fecha de caducidad, y esto le hacía más atractivo, porque nos preguntábamos: ¿a ver qué pasa?, ¿hasta dónde podemos llegar? No pensábamos que pudiera ser una alternativa a las formas de producir arte, sino que era un ensayo, como lo fueron las vanguardias: una experiencia.

–...¿Le parece que el arte hoy confunde conceptualismo con mera decoración?

–Estamos viviendo unos momentos extraordinariamente interesantes. Por un lado, la confusión reinante es espectacular, pero por otro, están conviviendo por vez primera todas las opciones, aunque muchas no tienen más que un sentido decorativo. Empieza a haber muy poca diferencia entre una instalación artística y un escaparate.

–El otro día en la Tate Gallery corrían atletas alrededor de una sala: tal era la exposición. Le pregunto, ¿qué pulsión artística puede haber en un lienzo monocolor sobre un sofá de idéntico tono?

–Ninguna, es un comportamiento estético sin más, que está liquidando la pulsión artística y hasta el diseño; es una corriente que arrasa hasta con la arquitectura, con la música, con todo. La belleza está viviendo un descrédito extraordinario.

–¿Por qué un logo no se considera arte, en esta sociedad tan visual e inmediata y, en cambio, la decoración sí pasa a veces por arte?

–Sí, esto es producto de la confusión, y lo perverso es que parece que no puede hablarse de ello. A ver si se pasa, que a mí ya no me queda tanto tiempo.

–¿Puede el diseño ser una creación artística?, ¿lo es el suyo?

–Sí, tenemos la obligación de reformular muchas cosas, y una de ellas sería redefinir qué es lo estrictamente artístico, y lo que la cultura industrial y de consumo ha decidido ya que no lo es.

–¿Qué diferencia (objetiva) hay entre su dibujo y su diseño?

–Una, y es esencial: yo diseño cuando alguien viene a mí para encargarme que le resuelva su problema de comunicación o de formalización gráficas; y cuando dibujo me auto encargo, y dejo que emerja ese lado desinteresado de los objetivos finales, y lo vivo muy corporalmente. Cuando diseño estoy caminando, cuando pinto o dibujo estoy creciendo, es como el lado claro y el lado oscuro. Poder manejarme con los dos y tener claras las fronteras, tan flexibles, es muy importante y es un privilegio: necesito las dos vertientes, que entre sí se alimentan. En cambio tengo muchos colegas pintores que están actuando con estrategias de diseñador incluso formalmente, y muchos diseñadores que actúan como artistas. Y esto es un problema.

–Diseñador nacional y pintor y escultor internacional, ¿esto es de locos?

–No, para empezar yo no podría dejar de diseñar aunque nadie me lo encargara, es imprescindible, es mi pie a tierra. Espero que no sea de locos, pero en este país se penaliza la excelencia, hay que ser muy discreto, y si encima intentas hacer dos cosas a un tiempo, esto es ya insufrible. Como esto lo aprendí muy joven, y como el diseño ha sido una herramienta importante en la modernización de este país y, por tanto, es muy visible, entendí que había que mantener al artista plástico en la penumbra. Es estrategia. –El público en general le considera a usted muy moderno y usted en cambio quiere ser clásico, ¿por qué este malentendido?

–Es un intento de provocación contra la falsa modernidad de este país. La modernidad como concepto, que es muy importante, es todavía un asunto pendiente en la sociedad española. Existe en cambio una falsa modernidad que es como una antología de tics de banalidad y falta de reflexión. Una sociedad moderna es libre y abierta, y en absoluto se contrapone a lo clásico. Yo soy un clásico de la modernidad, de la Revolución Francesa, de los Derechos Humanos...

–¿Sigue diseñando con tipómetro?

–Sí, y en el estudio, donde lo consideran un fósil, observo que me lo cogen, que empieza a gustar. Un fósil que te recuerda que el diseño tenía su propia autonomía, con su propio sistema de medida y lenguaje que me resisto a perder: yo sigo hablando de cíceros y cuerpos con decimales. –Supongo que será simple melancolía en un mundo donde la singularidad e individualidad del arte ha sucumbido al plagio, donde la unicidad ha sido absorbida vía net. ¿Hacia dónde nos conduce esta gran Red?

–No, la melancolía no me parece un asunto interesante. Y soy muy optimista: precisamente el hecho de que el flujo sea tan denso y arrasador, reduce la importancia del trabajo creador y lo restituye a ese terreno donde para ti es imprescindible y ya está. Y afortunadamente, también lo es para otra mucha gente: los museos de arte nunca han sido tan visitados como ahora.

–Alberto, después de haber pasado lo que ha pasado, ¿hay algo que aún le de miedo? –El miedo es un motor clave en nuestro comportamiento. Pero yo he perdido todos los miedos, menos el de hacer daño.

+ 'Alberto Corazón, obra conceptual, pintura y escultura 1968-2008'. IVAM.



     
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