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Despacho de Juan José Hidalgo, propietario del grupo Globalia.
Despacho de Juan José Hidalgo, propietario del grupo Globalia.

TESTIMONIOS | DE VUELTA AL TRABAJO
De visita por los despachos españoles más singulares

Aunque Ferrán Adrià dispone de uno con 250 m2, confiesa que realmente sólo necesita una agenda para solucionar sus tareas; Carmen Posadas se rodea de recortes de prensa y no tiene teléfono para evitar distracciones; Amaya Arzuaga precisa de un espacio funcional amueblado con lo indispensable y su vaso de agua... Así son las estancias en las que siete profesionales afrontan, como el 72% de los españoles que se ha ido de vacaciones este año, el temido regreso al trabajo.


Despacho de Ferran Adrià, cocinero.
Despacho de Ferran Adrià, cocinero.

Martín Chirino, escultor, en su lugar de trabajo.
Martín Chirino, escultor, en su lugar de trabajo.

Ofelia Grande, directora de la editorial Siruela, en su despacho.
Ofelia Grande, directora de la editorial Siruela, en su despacho.

Este es el lugar donde Carmen Posadas crea sus historias.
Este es el lugar donde Carmen Posadas crea sus historias.

AURORA G. MATEACHE. Fotografías de Ángel becerril


  1. JUAN JOSÉ HIDALGO. Propietario del grupo Globalia. Teniendo en cuenta que la vivienda estándar española mide 100 metros cuadrados, a más de uno se le cortará la respiración al saber que el despacho de este hombre alcanza los 140. Encima no pasa en él más de cinco horas diarias y afirma que lo único que necesita para trabajar es un bloc, un boli para firmar papeleo y unos puros Café Creme.
  2. Juan José Hidalgo, salmantino (1941), es presidente del grupo Globalia. Más de 60 empresas distribuidas por el país, y más de 22.000 empleados a su cargo, le convierten en una de las mayores fortunas españolas, superior a los 800 millones de euros. Pero a pesar de volar tan alto, el propietario de Air Europa no ha dejado de tener los pies en la tierra. Cada vez que entra en su despacho recuerda que a los 15 años tuvo que cambiar el colegio por recoger paja en el campo. Imposible no rememorarlo con el inmenso cuadro de dos segadores que preside la estancia: «La vida puede cambiar. Ahora estoy aquí, pero he pasado muchas horas conduciendo un camión», confiesa.

    En la calle Enrique Granados, en Pozuelo de Alarcón (Madrid), se alza un vasto edificio de piedra de 6.600 m2. Siguiendo un orden jerárquico, la importancia de los cargos asciende a medida que lo hace el ascensor. En el último piso, seis secretarias hacen de filtro al jefe colocadas ante la puerta de su despacho.

    «Normalmente viajo mucho aunque hay negocios que se hacen por teléfono o en reuniones concertadas», explica Hidalgo con la mirada dura y la actitud afable y hospitalaria del que ha peleado. «Lo primero que hago todas las mañanas es repasar las noticias que tienen que ver con la empresa», dice el salmantino mientras empuja un fajo de folios al suelo. Para ese momento, utiliza la mesa de caoba pequeña situada en la entrada. Para cerrar negocios, la de siete metros lineales de la misma madera. Para el papeleo, una más pequeña al fondo.

    «Lo fundamental para mí es la comodidad y la luz, por eso elegí esta ubicación», comenta. En el despacho no hay paredes. Sólo ventanas recorridas por un mueble sobre el que lucen fotos enmarcadas con Fidel Castro, con Ana Botella y José María Aznar, «con el antiguo presidente de Israel, creo...». En cambio, no tiene ninguna duda sobre las características de los aviones de plástico que vuelan por toda la sala. «Este es un Boeing 787 Dreamliner. Acabamos de comprar ocho unidades que llegarán en 2013. Tienen motores Rolls Royce y gastan un 20% menos».

  3. FERRAN ADRIÀ. Cocinero. Según los especialistas, este catalán nacido en 1962 es el mejor cocinero del mundo. Pero obviando la psicología ubicua del triunfador, el chef dice resistirse ante lo aparentemente opulento. «Una buena sardina es mejor que una mala langosta», es uno de esos certeros lemas que le ha llevado a poder cobrar 215 euros por un menú –sin vino– en su restaurante El Bulli (Gerona).
  4. Adrià no quiere perder el norte y la distribución de sus dos talleres lo demuestra. «Elegí la separación en horizontal, no en vertical, porque así me doy un paseo cruzando las Ramblas y vuelvo a recordar quién soy», afirma. Sólo nos enseña uno de sus locales de trabajo; el que se encuentra en Barcelona, enfrente del mercado de la Boquería, donde se realizan las tareas administrativas. Sus paredes, testigos de rompedoras recetas como la tortilla de patatas deconstruida, callan el secreto de su éxito. También lo hacen las 10 personas que se sientan tras los ordenadores del taller. Trabajan con Adrià desde 1990 y todos han sido jefes de cocina. Estanterías llenas de archivos delimitan sus mesas y albergan más de 15.000 páginas escaneadas de la prensa. Pocos artificios más porque Adrià no es fetichista. En los 250 m2 no hay ningún premio u objeto personal. Por no tener, no tiene ni mesa. «Mi despacho es una agenda y una carpeta naranja con temas para despachar», dice riendo. Tampoco se preocupa excesivamente por la decoración del lugar: paredes de ladrillo, tuberías vistas... «No tengo tiempo. Cuando estoy en El Bulli trabajo más de 15 horas y llevo una vida de monasterio».

  5. MARTÍN CHIRINO. Escultor. Valyunque se llama la residencia que el escultor canario Martín Chirino tiene en Chinchón (Madrid). Es un hogar de tejado alto y grandes ventanas imperceptibles que se funden con cipreses, pinos y alfaguaras. Tres hectáreas de quietud e independencia. «Yo necesito espacio y silencio para trabajar. La soledad es un componente esencial de mi vida», comenta, copa de vino en mano, quien a sus 83 años se expresa con la ironía y calma de los que ya no tienen prisa.
  6. A su lado, un ayudante rumano escucha. «Está sediento de conocer cosas. Tiene mucha pasión por mi obra y yo le desvelo el camino que sigo en mi proceso creativo», dice Chirino. Presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid, es Premio Internacional de Escultura Bienal en Budapest y Premio Nacional de Artes Plásticas. Su arte, abstracto, se expone en Europa, Asia y América.

    El artista, madrugador y detallista, no prescinde ninguna mañana de escuchar música clásica, mirar la correspondencia y discutir de política con quien tenga al lado. «Siempre acabo enfadado, pero una vez que empiezo no paro». Su freno es dar forma al hierro en un garaje de 50 m2, con paredes grises por el polvo y el humo originado al quemar material en la chimenea. Yunques y herramientas visten la estancia, además de las esculturas espirales que el escultor diseña previamente en una pizarra de papel.

    Chirino asegura no poder trabajar limitado por un horario con comidas establecidas. Las rutinas las coloca él, como descansar al mediodía, tomar un yogur y beber agua. «Me encanta el whisky. Pero ya estoy mayor para abusar... Tengo los hábitos de un pequeño burgués», dice mientras se encoge de hombros burlón. Viendo cómo golpea el hierro, nadie diría que es octogenario.

  7. OFELIA GRANDE. Directora de la editorial Siruela. «Me manejo bien en el desorden, porque siempre encuentro lo que busco», asegura la salmantina Ofelia Grande (1970). La frase la avala su olfato para los negocios, ya que la editorial Siruela que dirige obtuvo en 2002 el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural, y en 2003 el Premio Daniel Gil a la Trayectoria en Diseño Editorial.
  8. Grande no descuida, sin embargo, ninguna minucia en su lugar de trabajo: un bajo de 600 m2, en la céntrica calle Almagro de Madrid, dividido en despachos con puertas abiertas. «Somos un equipo y no tenemos nada que ocultar los unos a los otros», explica. La directora, de mirada elegante y voz presta, cree que es importante tener presente la esencia corporativa de la compañía hasta en la decoración: en su despacho de 30 m2, cuadros de autores que han colaborado con la editorial cuelgan de las paredes, pintadas del color azul intenso marca de la casa. Más de 500 libros se ordenan amontonados en las sillas o en estanterías, y alrededor de ?00 ocupan su mesa de dos metros. Entre todos destaca el suyo de cabecera: Cumbres borrascosas. "Aunque no lo parezca soy maniática. En mi desorden me importa que el libro esté en ángulo con la lámpara", comenta Grande, volcada sobre el ordenador para mostrar un salvapantallas con la foto de sus hijos.

    "La luz me preocupa menos, pero lo que sí necesito es que mi despacho sea amplio, confortable, que no tenga cosas estridentes». La efigie de Betty Boop y una varita mágica son sus amuletos de la suerte. También un diminuto caballo sobre el que amenaza un soldado con armadura que conserva por su valor simbólico: «Me lo regaló una librera cuando aposté por Carta al Rey, de Tonke Dragt. Lleva un montón de ediciones así que creo que algo de suerte nos ha dado».

  9. CARMEN POSADAS. Escritora. Al contrario que Hemingway y su generación, Carmen Posadas no necesita la calle para escribir. Es más, la situación de su mesa le evita verla para alejar la tentación de salir. Tampoco se permite un teléfono o música: «No escribiría una línea».
  10. Nacida en Uruguay (1953) y Premio Planeta 1998, necesita un absoluto aislamiento para concentrarse. Por eso ha elegido como lugar de trabajo una habitación de 20 m2 dentro de su casa, que enseña muy sonriente y arreglada. Ordenador, diccionarios, libros de consulta –entre los que no pueden faltar los textos de Marcel Proust y de Bram Stoker, a quienes admira mucho–, una lupa para las letras ilegibles y Post-it, son los únicos imprescindibles para su trabajo, a pesar de la cargada decoración. Tres armarios, dos ventanas de buenas dimensiones, una pared y una estantería enmarcan una estancia animada con fotografías, recortes de prensa en los que ella es protagonista y una pegatina que reza «Yo también soy sudaca», asociación a la que pertenece. «Damos el premio orquídea y cactus en función de las acciones buenas o malas que se cometan», cuenta Posadas.

    Muy disciplinada, se levanta temprano y escribe hasta la hora de comer. Tras la sobremesa se dedica a las correcciones y acaba temprano. «Me convierto en calabaza a las siete de la tarde», dice, aunque tiene en la mesilla una libreta y un bolígrafo con luz por si considera factible narrar sus sueños.

  11. MARK LENNOY. Director del hotel Westin Palace. Faulkner encontraría en Mark Lennoy la prueba irrefutable de su frase: «El pasado nunca se muere, ni siquiera es pasado». El director del exclusivo Westin Palace nació hace 50 años en un parador belga llamado Damier. Desde entonces, el hotel ubicado en la madrileña plaza de las Cortes es el séptimo que dirige. Además ha sido Consejero de Seguridad para Europa, África y Oriente Medio, y ha aterrizado en 51 países, que marca bajo una flecha en un mapa.
  12. El belga se instala en el hotel desde las siete y media de la mañana hasta las ocho de la tarde. Considerado la antítesis de los directores que han pasado por el Palace, prefiere, por ejemplo, atípicas exposiciones de fotografías de perros por sus paredes en vez de un obvio retrato de María Tudor. «Un despacho tiene que transmitir cómo es su dueño. Así, si lo tienes ordenado, das ejemplo», opina el director. «Por supuesto, debe ser cercano y minimalista, nada ostentoso. Que tenga cosas que te recuerden por qué estás en él», concluye. Su filosofía salta a la vista. En los 23 m2 de la austera habitación donde trabaja, no hay nada que no tenga que ver con el Westin Palace. Sólo un cuadro del hotel donde nació y un neceser de aseo colocado en su mesa de trabajo. En ella, un ordenador, una bola del mundo y un teléfono son los únicos huéspedes.

    Lannoy tiene tan presente que el cliente es lo principal que ha cambiado de lugar su despacho heredado. «Tenía muy buenas vistas. Un desperdicio pudiendo convertirlo en una suite». Pero el que ocupa ahora tiene más historia. Fue la habitación 110, desde cuya ventana saludaron Felipe González y Alfonso Guerra al ganar sus primeras elecciones en 1982.

  13. AMAYA ARZUAGA. Diseñadora. Delgada e ingrávida, la diseñadora burgalesa Amaya Arzuaga (1970) taconea con energía, sonríe y fuma sin tregua mientras muestra el lugar donde trabaja. Se mueve por su estudio de la madrileña calle Campoamor como una Campanilla que convierte sus bosquejos en vestidos a golpe de varilla –Abracadabra se llama su última colección–.
  14. «Para mí es fundamental que resulte funcional. No me importa la estética, simplemente necesito un lugar al que me apetezca llegar y hacer cosas», afirma. Por eso, en los 10 metros del estudio sólo hay lo indispensable: una mesa de cristal transparente con patas de hierro sobre la que coloca una vela con aroma de cuero, unos lápices blancos que pintan negro, una cámara para fotografiar a las modelos, un portátil, catálogos de moda, libros de escultura y pintura para inspirarse, cuadernos y Post-it. Nada de sentimentalismos. Ni fotografías familiares ni amuletos ni mascotas. Sólo un anorak naranja que le hizo a una amiga y alguna serie limitada que colecciona, como un ejército de muñecos japoneses.

    Las paredes y el techo de color blanco intenso dotan al lugar de gran luminosidad, y su absoluta desnudez permiten a la diseñadora aislarse eficazmente. «Por cierto, no puedo trabajar sin un vaso de agua y rock de fondo, preferiblemente de Antony and the Johnsons», dice.



     
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