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A los cruceros terribles del Estrecho les está creciendo la tripulación. Esta semana llegó a Tenerife un cayucazo con más de 200 negros dentro. Una aldea sobre el agua, un esqueleto de maderos largos que lleva por mercancía un desguace de gente asustada. A este lado del charco les espera una raza folclórica que los va a enviar al trastero de las comisarías, a los hangares de los centros de acogida. Pero hasta eso parece un buen destino, una consagración, cuando lo único seguro es una muerte de generaciones sin remedio. Lo del ferry a remos del otro día es el claro mensaje de que cada vez son más los que prefieren la incertidumbre de la nada a la certeza del infierno. Yo haría lo mismo.
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