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Me parece triste la politización de las cajas de ahorro. Y me parece triste también que mucha gente –incluidos los empleados de las cajas– no se dé cuenta de que no son un Banco más, aunque cumplan las mismas funciones. Son una demostración de un modo distinto de economía de mercado. No son ONGs, —porque estas asociaciones viven de aportaciones particulares o estatales—, sino empresas competitivas, cuya motivación primaria no es el lucro. Como todo el mundo sabe, las cajas no tienen accionistas que se repartan los dividendos. No tienen propietarios. Y, además, deben dedicar una parte importante de sus beneficios a obras sociales. Me parecen un experimento que no debería ser estropeado por ambiciones políticas. Un ejemplo como el de Banca Cívica, lanzado por Caja Navarra, en el que se dice a cada cliente lo que la Caja ha ganado con él, y se le pregunta en qué proyecto social quiere que se invierta ese beneficio, resulta imposible en una entidad financiera convencional. Sería estupendo que hubiera más empresas sociales. Algunas organizaciones como Ashoka, fundada por Bill Drayton, intenta ayudar a este tipo de emprendedores. Es un nuevo modo de hacer negocios que resuelve la cuadratura del círculo: eficacia económica y finalidad social.
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