|
«¿Qué ha pasado con el coche?». Fue la primera pregunta que le realizó Ana a David Rey, su hijo, cuando volvió a casa. No venía de visita, como otras veces. Llegaba para quedarse... temporalmente. O eso espera. Regresaba de Sevilla a Huelva. Hace 95 días. Se acababa de quedar sin trabajo. La crisis hizo que el niño, profesor sin aula, volviera al regazo familiar. Para sobrevivir.
—¿Te sientes fracasado?
—No. Mis amigos dicen que volver con mis padres es un paso atrás. Pero a veces hay que darlo para tomar más impulso.
Ana se alegra de este paso atrás. «Quisiera que mi hijo estuviera siempre conmigo. ¿Dónde va a estar mejor que en casa?». David tiene 26 años y tres independencias frustradas. La primera vez se fue llorando. Sus padres, Ana y Antonio, también derramaban lágrimas. El retoño se iba a la universidad, a 90 kilómetros. Bellas Artes, especialidad de pintura, en la Universidad de Sevilla. Volvió en 2005, al terminar la carrera. Quería ser profesor, pero suspendió las oposiciones. Y de nuevo a probar suerte en Sevilla. A seguir estudiando mientas se sacaba unos euros como camarero. Se fue a Ronda (Málaga) para trabajar como guía de museo y profesor particular. Rastreaba a la Señora Fortuna por toda Andalucía, pero ésta no le permitía hacer vida independiente.
Ahora, aburrido y solo, vuelve a los calditos, pucheros y potajes de su madre. Un estómago más. «No es cierto que donde comen dos comen tres», dice Ana.
David no es una excepción. El 30% de los jóvenes está en paro. De los que tienen contrato, sólo el 35% es indefinido, y el 27% temporal, según el Consejo de la Juventud de España. La generación más preparada se ve sin futuro. Como Elena. Es químico, técnico de riesgos laborales y máster en Oceanología. Desde 2004, cuando se independizó, ha estado viviendo entre Madrid y Cádiz. Estudiando, trabajando y, tras la falta de empleo, volviendo a estudiar. Pagando el alquiler con el paro y dando clases particulares. La crisis ha golpeado a los padres de sus alumnos y, por extensión, a ella. El 14 de julio volvió a casa de sus padres. «Me pondré a estudiar el CAP, para ser profesora». Como lo es David, aunque sin plaza ni dinero.
La vuelta al nido «puede suponer un golpe a la autoestima y al orgullo», según el sociólogo Gerardo Hernández, de la Universidad de La Coruña. Aunque todos ansían volver a la independencia, aguantan gustosos bajo el mismo techo que sus padres. Soportan gustosos las normas, el «arregla tu habitación», las llamadas para saber donde andan a cambio de comida y cariño. «Un paso atrás para tomar mayor impulso», resume David. Un paso atrás que le ha servido para seguir formándose, según él; para valorar más a sus padres, según Ana, su progenitora. «Se ha dado cuenta de que su familia siempre va a estar allí».
Mientras, la crisis hipoteca una nueva vida.
|