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Si la soprano Isabel Rosselló se hubiera sincerado ante un psicoanalista y éste hubiese hablado, probablemente la Policía y los jueces se habrían ahorrado muchos interrogatorios. No es la protagonista de la premiada serie Los Soprano, pero comparte con la familia de mafiosos de la tele —además del sustantivo «soprano»— un supuesto gusto por los trapicheos con el dinero, el cohecho y la malversación.
Los Soprano de la serie son, en principio, ficción. Isabel Rosselló y su esposa, Antònia Ordinas, ex alto cargo del PP de Baleares, son de carne y hueso. De hecho, esta semana han dado con ellos en la cárcel. La Policía las ha detenido por supuesta corrupción, prevaricación, cohecho y malversación de caudales públicos. Es el segundo escándalo de corrupción con tintes homosexuales que salta en el PP balear, después del protagonizado por el concejal Rodrigo de Santos, quien supuestamente pagaba sus bacanales de sexo y drogas con la tarjeta del Ayuntamiento de Palma.
La ex alto cargo del PP balear Antònia Ordinas habría usado su puesto en el Centro de Desarrollo Económico de las Islas Baleares —organismo público dedicado a la promoción nacional e internacional de productos baleares del que fue gerente entre 1995-99 y 2003-07—, para montar una trama de contratos con comisiones para sí misma y para su partido, el PP.
A la política se le acusa no sólo de haber contratado a su esposa a dedo. También de haber inflado contratos firmados con las empresas de comunicación, publicidad y márketing para diferentes actividades promocionales. Si sus servicios costaban 10, Antònia Ordinas les habría pedido facturas por 15. Lo que investiga la policía ahora es adónde fueron los cinco restantes. ¿A su fortuna personal?, ¿a las arcas del partido? En total hay al menos dos millones de diferencia entre lo facturado y lo realmente pagado.
La operación policial que, con la música como trasfondo, busca el destino de las supuestas comisiones ilegales se ha bautizado como Scala. La partitura de la supuesta trama sería la siguiente: la política funcionaba como agente de la cantante. Las dos amantes ocultaban su amor en los eventos institucionales, aunque la relación era vox populi, como confirman algunos de los periodistas que viajaron con ellas a las grandes puestas de largo de los productos baleares en ciudades como Nueva York o Shanghai.
En el guión orquestado por la pareja había un papel para uno de los hijos del anterior matrimonio de la soprano, quien las acompañó en alguna de sus viajes internacionales en calidad de «cámara institucional». Cuando Antònia promocionaba Baleares fuera no escatimaba: la comitiva cenaba en los mejores restaurantes y tomaba copas en los clubs más chic. Hasta 322.000 euros llegó a pasar en dietas de representación. Algunos gastos quedaron sin justificar: «Los taxistas en China no dan recibo», se excusó en una ocasión.
La voz de Isabel Rosselló competía con la sobrasada y la ensaimada como las estrellas promocionables de Mallorca. Pero los conocedores de los circuitos de la ópera y el canto la definen como «una voz normal, desconocida fuera de Baleares». «Una señora que no llamaba la atención ni por un lado ni por el otro», dice de ella un productor musical.
Pese a sus aparentes limitaciones artísticas, realizó giras, con fondos públicos, por EEUU, China, Alemania... «He dado conciertos con administraciones de todos los colores, hasta que el PSOE me vetó por ser amiga de una responsable política y se me acusó de ser la diva del PP. Un cantante no puede ser vetado, vivimos de las actuaciones públicas», se lamentaba Rosselló en agosto, ya retirada y dedicada a los estudios y a los libros que el PP le había financiado.
Durante su carrera ha editado varios discos. Los primeros grabados con la ayuda de su primer marido, dedicado a la producción audiovisual. Después, al amparo del calor institucional de su nueva mujer. Según una de sus biografías profesionales, habría «perfeccionado su formación artística con figuras como Montserrat Caballé».
Aquella diva rubia, de pelo largo y posados dulces de hace 10 años ha aparecido esta semana con la melena más corta, más oscura y salpicada de canas. Fuera de los escenarios, Rosselló vive hoy sus horas más bajas como coprotagonista de una opereta salpicada de corrupción.
Antònia Ordinas no es la única mujer política bajo sospecha en un archipiélago donde el tráfico de influencias y la malversación de caudales públicos está a la orden del día. La que fuera reina todopoderosa y hoy destronada María Antonia Munar, actual presidenta del Parlament de las Islas Baleares, de Unión Mallorquina, se encuentra cada día más cercada por escándalos de cobro de comisiones millonarias en Son Oms, un polígono industrial de Palma de Mallorca, y por un oscuro asunto sobre la venta de un solar público.
Y Margarita Nájera, del PSOE, recién nombrada comisionada para el proyecto de reforma de la playa de Palma por el Consejo de Ministros, tiene, a día de hoy, una causa abierta con la Justicia balear también por supuesta corrupción.
PADRE REPUBLICANO
Ordinas dio sus primeros pasos políticos en su pueblo natal, Consell, en el interior de Mallorca. «Si su padre levantara la cabeza», recuerda un antiguo amigo que se comentó en el pueblo cuando Antònia fichó por el PP. La hija de un agricultor modesto, fallecido siendo ella joven, de tendencias republicanas, iba a convertirse en la mano derecha del alcalde de Consell. Aún así, siempre conservó un aura de rojilla.
De joven, era de las habituales en la iglesia de la localidad. Más que por devoción religiosa, cuentan, por inquietud cultural. «No es que fuera católica, pero era un culo inquieto», asegura un amigo de entonces.
Esas inquietudes serían las que la llevarían a trabajar en la librería del periodista Pepe Tous, difunto marido de Sara Montiel, en Palma. Después, junto a una amiga, hermana de Cristina Macaya, montó su propio negocio: la librería Byblos. Tenía poco más de 20 años. La librería no funcionó y acabaron cerrando.
Según cuentan los vecinos, Isabel y Antònia probablemente se conocieron en la iglesia del pueblo. Allí fue a actuar la soprano, de gira con una coral que recorría los pueblos de la comarca. Volvería más veces. Alguna, incluso, acompañada por su entonces marido. La propia Isabel ha reconocido que fue allí, «hace 15 años», donde comenzó a fraguarse su relación, en principio de «amistad».
Antònia trabajaba ya en el Ayuntamiento y enseguida empezó a contratar a la soprano. Dos años después Isabel se divorció. Desde entonces no habla con el padre de sus hijos. La separación fue traumática. Los celos y «un asunto de cuernos», dice Isabel, «agravaron el mal trago de la ruptura».
Con los años, la Antònia dinámica de Consell comenzó a volverse cerrada y huraña. «Seguro que le daba igual ser del PP y lesbiana, el problema es que su tendencia se materializase en una relación», teoriza un viejo amigo que cree que quizá la soprano «ha podido influir excesivamente en Antònia». El que habla es de los que no puede creer que haya estado embolsándose dinero a expensas de los contribuyentes. «No, a ella sólo le interesaba la cultura», repite una y otra vez.
Lo cierto es que la diva y la política ilustrada se construyeron un chalé de 250 metros cuadrados, en el que la soprano asentó su empresa, Gabinete Alays. La pareja contrajo matrimonio el 30 de marzo de 2007.
Desde que una auditoría destapó las primeras sospechas de complot, han mantenido una actitud desafiante y hermética. Llegaron incluso a contraatacar, poniendo un requerimiento notarial a los que las acusaban de haberse enriquecido de forma ilícita. Esta semana, aparecían esposadas. Para Antònia sólo las arrugas delatan que ha pasado el tiempo. A sus 58 años, lleva el mismo pelo permanentado que hace una década.
De ella dicen en el Consell que era «muy lista, muy preparada, pero que tenía ciertos rasgos obsesivos». De su época en el Gobierno regional no se le conocen amigas. «No encontrarás ninguna», dice un antiguo compañero, cuando se le pregunta por su círculo más cercano.
De hecho, nadie parece haber ido a su boda. Igual que nadie parece recordar en qué momento comienza a relacionarse con la cúpula del PP, ella, que llegaría a ser casi una «protegida» de Jaume Matas. Tras la experiencia política en el Ayuntamiento del pequeño Consell, ¿cómo conoce al que fuera presidente del Gobierno Balear durante dos legislaturas? Sin saber responder a esta pregunta, sus antiguos amigos del pueblo coinciden en que «era muy inquieta, y que quizá cuando comenzó a trabajar en el PP las altas esferas del partido se fijaron en ella». En cualquier caso, defienden que la Antònia pública en el gobierno Matas no era la Antònia que habían conocido en Consell: «A ella nunca le ha gustado aparentar, y prefería mantenerse en la sombra».
Quizá se contagió del divismo de la soprano. Juntas tejieron una sinfonía de amor lésbico y dinero marcada por la ley del silencio, rota ahora por una operación policial con nombre de gran teatro internacional: Scala.
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