Un suplemento de EL MUNDO  Un servicio de 
 DIRECTORIO   Miércoles, 8 de Octubre de 2008, número 525
Portada
Números Anteriores
 OTROS SUPLEMENTOS
Magazine
Crónica
El Cultural
Su Vivienda
Motor
Viajes
Salud
Ariadna
Aula
Campus
Natura
Náutica
elmundo.es
Portada
España
Internacional
Economía
Comunicación
Solidaridad
Cultura
Ciencia/Ecología
Tecnología
Madrid24horas
Obituarios
DEPORTES
SALUD
MOTOR
Metrópoli
Especiales
Encuentros
 
LA PIEDRA IMÁN
Olímpica
CARLOS MARZAL

De entre los muchísimos asuntos tristes que puede haber en la vida, se me ocurre que uno de los más tristes es el desperdicio de un don propio, el malbaratamiento de una cualidad especial. Todas las vidas, todas nuestras vidas, tienen algo o mucho de dilapidación, de no saber aprovechar las ocasiones, de arrumbar en el saco de los días perdidos nuestros propósitos, nuestros sueños, nuestras esperanzas.

Pero procuramos que nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestros propósitos salgan adelante en la medida de lo posible. Vivir también consiste en procurar convertir en acto todo aquello que nos mostramos a nosotros mismos en potencia.

Después de este verano olímpico, después de haber disfrutado de tanto esfuerzo, de tanto sudor, de tanta habilidad, de tantos planes cumplidos y de tantos proyectos fracasados con gloria, de tanta energía constante puesta al servicio de una tarea; después de tanta actividad muscular y de tanto trabajo de la inteligencia, me parece que la gran lección que uno puede sacar de todo ello es que los individuos que poseen un don y procuran explotarlo -un don físico, un don espiritual- obtienen la mayor de las satisfacciones: cumplir con lo que llamamos destino, otorgar a nuestra vida una ilusión de significado, no importa si ese significado tiene o no existencia.

Quien dispone de una vocación, de una chifladura privada, de una obsesión gustosa, tiene sin duda el tesoro más grande que nos pueda ser concedido.

Hay que procurar tomarse las cosas del mundo con un cierto espíritu atlético; es decir, con dedicación seria, con trabajo tenaz, por el mero hecho de estar llevándolo a cabo. Hay que estar en la vida con humor deportivo, con esa filosofía de andar por casa con la que suelen declarar los que han sido derrotados -la mayoría de los que participan, recordémoslo- que una veces se gana y otras se pierde.

Los aforismos pedestres -que son no sólo los vulgares, los tópicos, sino los que están hechos para andar a pie por nuestros días, los que sirven cuando uno echa a correr por las calles- tienen mucha utilidad. Basta con repetírnoslos como un mantra, y las cosas mejoran: mañana será otro día. Vuelve a intentarlo. Son lecciones de naturaleza atlética.

La juventud es una época de dispersión de las fuerzas (aunque el resto de las épocas de la vida también son momentos de dispersión, sólo que con nuestras fuerzas en declive), por eso conviene averiguar si uno posee un don cualquiera, y centrarse en cultivarlo. Y si no lo posee, inventárselo, y hacerlo crecer. Y si no lo encuentra, actuar como si lo hubiese hecho, y regarlo para ver si enraíza.

Conviene comportarse como ilusos: como quien cree en la realidad de sus propias ilusiones, aunque no se haga muchas. El ilusionismo no es ni más ni menos que el truco de cartomancia que nos hacemos a nosotros mismos para vivir ilusionados.

Ya veis: empieza el curso. Hay que ponerse olímpicos para afrontarlo.



 
  © Mundinteractivos, S.A. - Política de privacidad
 
  Avenida San Luis 25-27. 28033. Madrid. ESPAÑA
Tfno.: (34) 91 443 50 00 Fax: (34) 91 443 58 44
E-mail: cronica@el-mundo.es