Los planetas se han vuelto locos, me dice una individua aficionada al tema. Cuando los planetas se vuelven locos, mi horóscopo va de culo. No creo en los horóscopos, pero hay semanas que más valdría no vivirlas. No toda la culpa es del virus Netsky, aunque algo de eso hay. Si el Netsky existe, es que alguien superior lo ha inventado. Se trata de una prueba irrefutable para demostrar la existencia de Dios. La sexta vía que no encontró Santo Tomás.Lo que el Netsky destruye, sólo Dios ha podido construirlo.
Pero si el Netsky prueba la existencia de Dios, Ana Botella prueba la existencia del Netsky.
Vayamos por partes. Desde que el virus se metió en mis tripas camuflado de solitaria, me lo creo todo. La vida hace coro con sus despropósitos. En el archipiélago de Marajó, que está a la izquierda según se va al quinto pino, doce personas han muerto después de haber sido atacadas por murciélagos. Yendo hacia el otro lado pero sin salirse del mapa está Arabia Saudí, donde la comunidad científica se devana los sesos con los lagrimales de una niña que llora piedras en vez de lágrimas. Los poetas se han pasado la vida soñando que los dientes de las amadas eran perlas y las lágrimas, brillantes, pero ahora que la metáfora se materializa, interpretamos el hecho como una señal premonitoria de malos augurios. Aparte está Mel Gibson, un católico australiano que ha puesto en solfa cinematográfica la pasión según sus ganas (de hacer taquilla, mayormente). La muerte de Jesús narrada en los evangelios es, comparada con ésta, un juego de escolanía.Sabía que Mel Gibson era fundamentalista, pero no tanto. Su pasión podía haberla filmado cualquier aficionado a la sangre de atrezo y a la estética de la tortura. Igual que la Dirección General de Tráfico (rama seguridad vial) elige imágenes truculentas para recordar los accidentes de la operación salida, igual que los Urdaci de turno buscan operaciones a corazón abierto para decorar el telediario, igual que todos, en fin, Gibson elige carne de llagas y coágulos sanguinolentos para contar la muerte de Jesús, un mito que los últimos hippies consumieron en versión Superstar (¿recuerdan a Camilo Sesto, aquel dulce y bello Cristo que cantaba al oído de la Magdalena?). Entre Jesucristo Superstar y Jesucristo/Gibson no sólo han pasado 30 años sino muchas categorías estéticas y éticas. La Iglesia católica le hizo ascos al Superstar cinematográfico. En cambio, ahora acepta una dosis de Gibson en vena. El Vaticano apuesta por las amarguras: prefiere la sangre a la música y la culpa al gozo.
Como las desgracias nunca vienen solas (ni siquiera en compañía de otro como Mel Gibson), pongo la tele y escucho una disertación de Sofía Mazagatos, la de los candelabros. Dice que se va de España para huir de la telebasura. El presentador más emblemático del género sale al quite y responde: «Para eso lo hacemos, bonita».Bingo.
Voy al Palace y sufro un traspiés. Al incorporarme veo a Ana Botella irradiando algo así como un aura. Mientras me sacudo la falda, siento una luz interior que se manifiesta en forma de cosquillas. Espero no haberme caído del caballo, pienso. Ya es un poco tarde para convertirme al pepé.
La Doña ha vuelto a escribir un libro. Mejor dicho: ha vuelto a consentir que escriban un libro firmado por ella. Esta vez no va literalmente de cuentos, aunque se le parece. Botella habla de su vida en Moncloa, de las excelencias de su chico y de la fidelidad de los chicos de su chico. Una de las últimas veces que Ana Botella reunió a su club de fans fue en estos mismos salones. Entonces había mucha gente que trataba de acercarse a ella para hacer méritos. Hoy algunas ausencias son más significativas que muchas presencias, pero flota un irresistible tufillo a prietas las filas que convierte la presentación del libro en un acto de desagravio. A la salida dudo entre lanzarme en plancha a la bebida (digo a la Botella) o comprarme el último libro de Ray Loriga. Ninguna de las dos cosas: adquiero un manual de primeros auxilios.
Los que no han sido invitados
GOTEO INFORMATIVO. Ya lo saben ustedes: si a estas horas no han recibido un sobre grande remitido por la Casa del Rey, es que no están invitados a la boda. Dejen pues de hacer cálculos pensando en la cuantía del regalo (también ahí rige el minimalismo: cuando no se asiste al ágape, menos es más) y perseguir a Antonio Ardón o a Francis Montesinos. Aunque no todo está perdido. En el caso de que usted sea señora y haya optado por Antonio Ardón, pídale un volante multiuso y espere a que se case la hija de Jesulín.Si le ha adquirido el vestido a Francis Montesinos, dése por perdida. O Rita Barberá cambia sus votos de castidad o ya puede ir empaquetándole el modelito a Manos Unidas.
Transcurridos unos días de silencio (por razones obvias) vuelve el goteo de información. Que si Letizia está flaca, que si flaca está Letizia, que si ha viajado a Barcelona para las pruebas, que si el regalo de la Comunidad de Madrid, que si los pasteleros, joyeros y toda suerte de oportunistas. Yo me he quitado del cotilleo nupcial porque no deseo perecer, víctima de un empacho, antes del 22 de mayo. No hay que ofrecer más chascarrillos que los jugosos.
Mientras, la política copa todos los espacios. Una foto de Marín en el Congreso de los Diputados (ojos de cowboy contemplando a su adversario en el momento de llevarse las manos a las pistolas) y un ácido comentario sobre Rubalcaba (todos se han apuntado al bombardeo, hasta Ana Botella: es lo facilón) acaparan el morbo.Es la hora de la venganza.