La incorporación de Elena Salgado al nuevo Gobierno nos retrotrae a aquel último Consejo de Ministros del felipismo celebrado el 1 de marzo de 1996 en el que a propuesta de la entonces secretaria general de Telecomunicaciones, se aprobó el expediente de concentración autorizando a Telefónica y al Grupo Prisa a constituir Cablevisión, una empresa cuyo objetivo era quedarse con el control del negocio de la televisión de pago, abriendo zanjas por media España para comunicar los hogares con cable de fibra óptica.
El objetivo de este ejercicio de la memoria no es ponerle ningún pero a la flamante nueva titular de Sanidad, que como todos sus demás compañeros será juzgada en este periódico por sus actos y no por su biografía, sino recordar hasta qué punto la oposición a esa iniciativa fue una de las señas de identidad de la llegada al poder del Partido Popular.
Aznar dio instrucciones a los alcaldes de su partido para que boicotearan la ejecución de tal proyecto, le plantó cara en las Cortes y en Bruselas, chocó frontalmente con Gallardón por su cooperación en el mejunje -hasta el extremo de llamarle reiteradamente «desleal»- y dio la espalda a los diversos ofrecimientos de Polanco de llegar a un pacto bajo cuerda. Por eso, antes de formar Gobierno, tuvo que hacer frente al proyecto de «gabinete de gestión» estimulado por ese grupo periodístico al que ahora llama «poder fáctico fácilmente reconocible», para cerrarle el camino hacia La Moncloa.
Si alguien hubiera dicho entonces que al cabo de ocho años de gobierno popular la hegemonía del Grupo Prisa en el ámbito mediático sería mayor que a su inicio y que su inalcanzable posición estaría garantizada durante décadas por la bendición del Ejecutivo a una fusión que consuma ese mismo negocio que Aznar siempre había tratado de frustrar, habría sido considerado un majadero. Antes le entregaría la pérfida Albión Gibraltar a España, que José María Aznar el monopolio de la televisión de pago a Jesús Polanco.
De hecho, la primera legislatura discurrió por esas pautas cuando en una de sus mejores horas el líder del PP fue capaz de plantar cara al órdago que supuso el llamado pacto de Navidad, después de que Antonio Asensio cambiara de bando y rindiera sus derechos sobre el fútbol a Polanco, con el activo respaldo de Jordi Pujol.Aznar recurrió entonces a Alvarez Cascos quien urdió una estrategia coherente -aún con sus lagunas legales- en el plano del interés general y la defensa de la competencia. Como en el caso de la red eléctrica, la plataforma de distribución de la televisión de pago -desplazada ya por razones de economía de costes del cable al satélite- quedaba concebida como un transporte neutral al servicio del conjunto de los operadores y preservada por tanto de toda pretensión monopolística.
Fue un planteamiento que mantuvo a raya a Prisa, mientras Vía Digital, a pesar de estar gestionada a trompicones, iba cuajando como alternativa a Canal Satélite. El desencuentro personal de Aznar y Villalonga a propósito de las stock options de Telefónica y las revelaciones de EL MUNDO, corroboradas por la Fiscalía Anticorrupción, sobre el pelotazo bursátil de Alierta y su sobrino con presunta información privilegiada, abrieron una ventana de oportunidad para que Polanco diera, sin embargo, un espectacular vuelco a la situación justo cuando el deterioro de su cuenta de resultados le obligaba poco menos que a batirse en retirada.El dueño de Prisa se frotó públicamente las manos cuando constató la enorme vulnerabilidad en que había quedado el nuevo presidente de Telefónica y se empleó a fondo para consumar su viejo sueño.Ofreció protección a cambio de sumisión y la jugada le salió redonda porque contó con el imprescindible paraguas político que requería una fusión que en definitiva tenía que ser aprobada por el Consejo de Ministros.
Para entonces Aznar ya no era Aznar, sino la transubstanciación de aquel líder reformista empeñado en ampliar su base política mediante el consenso y el diálogo en un elegido por los dioses de la mayoría absoluta que sólo buscaba bruñir el pedestal que su estatua ocuparía en el parnaso político de la posteridad.Su endémico recelo de los medios de comunicación se había convertido en olímpico desprecio hacia lo que pudieran decir o escribir de él. Puesto que El País le había llamado «nazi» y «fascista» y la Ser le había achacado desde las supuestas amenazas de Miguel Angel Rodríguez a Asensio hasta la transmisión hereditaria del gen de la culpabilidad por el asesinato de García Lorca y él había obtenido nada menos que 183 diputados, el papel de la prensa privada en los procesos de creación de la opinión pública empezó a parecerle un aburrido lugar común perfectamente prescindible.El ya formaba parte junto a Tony, George y Silvio del club de los amos del universo y si quería enviar algún mensaje a los ciudadanos de a pie siempre tenía a los serviciales directores de los medios públicos que escuchaban impertérritos cómo el presidente les recordaba con sarcasmo y retintín que, además del cargo, le debían el uso y disfrute de aquellos mullidos coches oficiales que les recogían al pie de las escaleritas de Moncloa.
En ese contexto a Rodrigo Rato no le fue difícil que el presidente comprara la mercancía de la fusión digital, desplegada por un balbuceante Alierta ante su distanciada condescendencia: puesto que Telefónica no podía seguir soportando las pérdidas, la mejor solución era un acuerdo equilibrado que permitiera colocar en la presidencia de Sogecable a una persona de confianza. A esas alturas del partido Aznar había perdido todo interés por el reequilibrio del mapa mediático auspiciado por el programa del PP y empezaba a creer que -tal y como el resultado de las municipales y su tarde de gloria en la colina del Capitolio vendrían a corroborar después- tanto su lugar en la Historia como la continuidad de su legado estaban ya au dessus de esa mêlée.
Ni siquiera la constatación de que el vicepresidente Económico necesitó forzar la mano de los vocales del Tribunal de Defensa de la Competencia mediante el voto de calidad de su presidente hizo parpadear a la Esfinge. Todo lo más tomó nota de lo sucedido de cara al desenlace de la carrera sucesoria, pero el gobernante que se jactaría de completar su segundo mandato sin conceder una sola entrevista a lo que certeramente percibía como una implacable maquinaria de guerra enemiga, no movió un solo músculo para impedir que el Gobierno entregara a su propietario la fabulosa, inagotable y privilegiada fuente de ingresos que siempre había perseguido.
Y así es como hemos desembocado en la surrealista, o más bien tragicómica situación de que la cadena de televisión de pago que desde la tarde del sábado 13 de marzo hasta el día de la fecha ha convencido a los líderes de opinión de todo el mundo de que Aznar no sólo fue un imprudente al atribuir erróneamente la autoría de la masacre a ETA, sino que actuó como el mentiroso y manipulador que, según ellos, siempre ha sido, tenga como presidente al leal Rodolfo Martín Villa, aquel a quien lo único que ha ruborizado alguna vez en la vida ha sido el impúdico espectáculo de ver a algún compañero de partido marcando deliberadamente goles en la propia portería. Me dicen que dice que el 14 por la noche obtuvo el plácet de La Moncloa para seguir ostentando la máxima representación institucional de tan opulenta trituradora.
Sin estos antecedentes es imposible comprender el hondo significado del auto del Tribunal Supremo reprochando a la Abogacía del Estado y a la Dirección General de la Competencia su exasperante filibusterismo dilatorio en la ejecución de la sentencia de junio de 2000 -se dice pronto- por la que se requería la «separación real y efectiva» de las más de 80 emisoras de Antena 3 Radio ilegalmente engullidas por la Ser. La debilidad de la respuesta de los ofendidos Rato y Michavila les pone aún más en evidencia en lo que se refiere al fondo del asunto. No es cierto que el Supremo les haya «solicitado» un informe que rápidamente se disponen a evacuar, tal y como alega la nota del Ministerio de Economía, como si se tratara del Consejo de Estado o cualquier otro organismo consultivo.Lo que el alto tribunal les dice es que tienen la «inexcusable» obligación de cumplir con las funciones que les son propias, en lugar de volver a darle la enésima patada hacia delante al balón, pretendiendo ganar tiempo para que sea otro el que tenga que incomodar al individuo más poderoso de España.
A lo largo de todo el trayecto Rato ha pretendido consolidar apoyos y eliminar obstáculos para ver allanado el camino sucesorio y el ministro de Justicia le ha secundado con la misma dúctil subordinación con que lo hizo en la fijación de la postura de la Fiscalía ante el caso Alierta. Ya han podido comprobar, por cierto, ambos como ahora el presidente de Telefónica ha sido el que más rápidamente se ha apresurado a colocarse en primer tiempo de saludo ante los nuevos mandamases. Todo esto puede parecer muy maquiavélico, pero en el fondo tanto ellos como Juan Costa -blanqueador de las emisoras alegales de Localia a través del impropio cauce de la Ley de Acompañamiento- o en su día el propio Gallardón han pecado de una supina ingenuidad, por no decir que se han comportado como auténticos panolis.
Y el abundio de oro se lo merece Aznar por no haberse dado cuenta de que su tropa estaba alimentando a un tigre, capaz de indultar a tipos como Alierta cuando de lo único de lo que se trata es de dinero, pero preparado para devorarles a él y a los suyos en cuanto asomara la ocasión, pues no en vano bañaba sus colmillos en la bilis del resentimiento de González y untaba sus zarpas en la mala leche que destilan las glándulas del odio de su académico consorte. Todavía resuenan en mis oídos las palabras del presidente del Gobierno pavoneándose ante la supuesta pérdida de influencia del Grupo Prisa «a juzgar por los últimos resultados electorales».Requiescat in Pace. Amén.
Si una gran mayoría de españoles ya sabe a estas alturas lo que hizo la Ser el 13 de marzo es en gran medida porque este periódico -y sólo este periódico- lo ha puesto, en sus propias palabras, negro sobre blanco. También hemos dicho lo que pensamos de ellos.No les tuvimos miedo en el pasado y no se lo vamos a tener ahora, pese a que después de lo que sucedió con Liaño todos los jueces saben que se trata de potentados por encima de la ley. Nuestros lectores pueden estar seguros de que asumiremos la responsabilidad de crítica y denuncia que ahora nos compete. Pero una vez subrayado esto, he de decir que su conducta fue todo lo antipática, sectaria, manipuladora, censurable o repulsiva que se quiera pero no sólo totalmente legal, sino incluso inapelablemente legítima, pues el pluralismo informativo incluye el derecho a deformar la realidad, en la confianza de que ya habrá otro espejo cóncavo que compense el engaño del convexo.
Los atribulados seguidores del PP que hace ocho días clamaban en Vistalegre contra los desmanes de la Ser deberían aprovechar el congreso que se anuncia ya para el otoño para trasladar su muy justificada ira a la propia dirección de su partido. Lo verdaderamente inaudito no fue que en las horas decisivas en las que se gestaba el desenlace de las urnas hubiera una cadena de emisoras que barriera sin escrúpulo alguno en su contra, sino que siendo la radio un medio lamentablemente sometido todavía a un régimen de concesión administrativa y habiéndose adjudicado cientos de frecuencias en la era popular, esa flota enemiga sumara más barcos que todas las demás juntas y enfrente sólo tuviera una Cope gestionada con la parsimonia del coro de los ángeles y los santos que eleva hacia tí, Señor, sus alabanzas, la quiebra autoinducida de Onda Cero y una radio pública a la altura de la dignidad con la que sus rectores bajaron la cabeza y cerraron el pico cuando el presidente les dijo lo de los coches oficiales.
No estoy proponiendo que a Rato y los demás les corten los suyos el pelo al cero como hacía la Resistencia con las jóvenes francesas que habían sido demasiado cariñosas con el invasor. Entre otras cosas porque lo suyo más que un remake de Durmiendo con su enemigo ha sido una mala versión del cuento de Caperucita y tampoco está el PP tan sobrado de talentos, ahora que pintan bastos y comienza la travesía del desierto, como para hacerle un feo a su más deseable cabeza de lista para las elecciones europeas. Pero la amarga lección que todo el colectivo no tiene más remedio que aprender es la de que cuando se aparcan los ideales en aras del pragmatismo de la búsqueda de una paz separada, lo más probable es que la abuelita -en este caso el abuelito- afile sus pezuñas entre los frunces del camisón.
pedroj.ramirez@el-mundo.es