ANA M. RONCERO
Con abrigo negro y jersey pistacho, María Teresa Tudanca Hernández fue una de las televisivas imágenes de la tragedia, malherida y sentada contra una pared de Atocha. No sufrió cortes ni quemaduras, pero sí un traumatismo craneoencefálico, a consecuencia del que falleció tras 18 días en coma en el hospital Doce de Octubre.
Desde Alcalá de Henares se dirigió, a la hora y en el tren de costumbre, a su puesto en una sucursal de la Banca Nazionale del Lavoro. Residía en la ciudad cervantina con su esposo, Ramón, y su único hijo, de 26 años y mismo nombre, desde que hace 13 años trasladaran a su marido, mecánico en una empresa aeroportuaria.
Madrileña de nacimiento, se decantaba por el tren en detrimento del coche porque le aportaba comodidad, mayor seguridad y le permitía leer, una de sus distracciones. Ya que nunca pudo ejercer su licenciatura en Historia, aprovechaba para devorar novelas históricas, en particular las que tuvieran que ver con la familia Medici. El resto de su tiempo de ocio transcurría entre las plantas del jardín y las manualidades con cerámica.
Sus padres y tres hermanos varones también sintieron el suspense hasta el 29 de marzo. Para Ramón, que la evoca sonriendo, alegre y divertida, se trata de un hecho muy penoso marcado por la mala suerte.
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