ANA M. RONCERO
Al concluir la antigua EGB, Beatriz quiso ser educadora de disminuidos psíquicos, pero al final se decidió por los estudios relacionados con la Educación Infantil. Y sólo renunció a la plaza universitaria que obtuvo en Guadalajara por ver a Daniel, con quien se casó el 1 de marzo del año pasado en un juzgado de San Fernando de Henares con el No a la guerra en el corazón y en los carteles de fondo.
Finalmente, los estudios de Secretariado e Informática fueron su trampolín al puesto de administrativo en una prestigiosa escuela de cocina madrileña, que cambió por una jornada mejor introduciendo anuncios en Internet para una empresa de Telefónica.
Cada mañana se despedían en la estación y él, ingeniero, se desplazaba en coche a su trabajo. El 12 de marzo festejaban que 10 años atrás se conocieron celebrando las notas. Hubiera sido uno de esos viernes en que cenaban con ambas familias; el resto iban al cine en un centro comercial. Gozaba yendo de paseo, de compras -tenía al menos 40 bolsos- y de viaje: la luna de miel, en Italia; de vacaciones, la Sierra, Gandía y Tenerife. En San José quería ir a Sevilla.
Beatriz, la alegría de la casa, deja huérfanos a sus padres, su hermana Silvia, de 17 años, que ahora tiene la asignatura pendiente de «vivir sin verte», según leyó en la misa; y a su perra Trufa. Una familia rota que se pregunta por la conciencia de quien apoya guerras como la de Irak.
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