Domingo, 4 de abril de 2004. Año XV. Número: 5.231.
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La sinrazón del nacionalismo muscular
ESTEBAN GONZALEZ PONS

¿Selecciones autonómicas en competiciones internacionales? NO

Alemania no volvió a ser una sola nación a los auténticos y televisivos ojos del mundo hasta que no se presentó con sus selecciones unificadas en los campos de fútbol y en los estadios de atletismo. Justo al revés que la desaparecida URSS o la antigua Yugoslavia. Hay que reconocer que, para muchos millones de personas, no existe otro patriotismo aceptable ni otra mitología cultural contemporánea más que la emanada del noble sudar la camiseta del equipo propio o del épico tararear un himno frente a un gran partido televisado.Puede decirse que, en un sentido amplio, las competiciones deportivas internacionales de hoy cumplen con la función organizadora de los sentimientos populares que antaño se atribuía a los desfiles, las leyendas históricas o las procesiones religiosas. Por eso, al contrario que Alemania, España podría dejar rápidamente de ser percibida como una sola nación por los auténticos ojos del mundo en el momento en que pisase una cancha deportiva separada en varias selecciones autonómicas.

En realidad, la cuestión, planteada mediante un circunloquio, es si España debe seguir existiendo como un Estado para la comunidad internacional o no. La gimnasia o el hockey en este caso son sólo una excusa, un eufemismo, para romper la imagen exterior de nuestro pueblo. Todos los países federales se presentan unidos en todos los campeonatos, concursos y ligas del deporte universal.Todos, sin excepción. De hecho, el caso de Escocia o Gales en la FIFA se debe exclusivamente a que esas federaciones regionales son bastante más antiguas que la organización superior a la que pertenecen. No existe pues ningún caso similar al que nos podamos acoger. De aceptarse la disolución del no muy sobrado ni sobrante caudal del deporte español en 17 selecciones autonómicas acabaríamos siendo una menguante curiosidad atlético-constitucional.

En el fondo, la pretensión de encumbrar las virtudes olímpicas de la patria chica mediante una selección internacional autonómica no deja de ser una típica aspiración de quienes creen que necesitan negar los lazos comunes para que se confirme su personalidad particular. Nuestro problema no es que exista tal planteamiento político. Siempre habrá quien lo defienda. El motivo de nuestra preocupación es que se acerca un Gobierno que, por la conocida inseguridad de Zapatero frente al promotor de este tipo de selecciones, Pasqual Maragall, es posible que ceda y llegue a hacerlo suyo.O sea, nuestro.

Por supuesto que, para los socialistas catalanes y los nacionalistas vascos, no todas las comunidades autónomas tienen el mismo derecho a tener selecciones propias. En su opinión, Cataluña y el País Vasco deberían ir por un lado y el resto de España, por otro.El propio Maragall se ha preguntado en público por el nombre que cabría dar a esa selección del resto de España. ¿Batuecas? ¿Selección de la gente que queda? ¿Los pobres también hacen deporte? ¿Castilla? Quizá, como en la película Días de fútbol, podríamos ponernos un nombre ganador: Brasil.

Se pueden encontrar otras formas de hacer incómoda la convivencia, pero hay que reconocer que la del nacionalismo muscular es bastante efectiva. Y eso que todo el mundo está de acuerdo en que el deporte sirve para unir a los pueblos que, si no, menuda asimetría a cero nos iban a proponer.

Esteban González Pons es conseller de Cultura, Educación y Deporte de la Generalitat Valenciana.

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