¿Selecciones autonómicas en competiciones internacionales? SI
¿Qué legitimación tiene el Consejo Superior de Deportes para impugnar los acuerdos de ejecutiva de una federación privada?
La pregunta, formulada por Mercè Curull, subdirectora del deporte catalán, es de respuesta implícita: ninguna. En términos jurídicos, y a pesar del ruido que está haciendo el secretario de Estado para el Deporte, Juan Antonio Gómez-Angulo -quizás por méritos para intentar evitar la jubilación-, la cuestión es clara. Las federaciones catalanas son entidades privadas. No tienen jerarquía con las españolas y no pueden ser sancionadas por éstas. No existe cobertura legal, más allá de la presión pura y dura, que ampare las amenazas de Angulo e, incluso Constitución en mano, la decisión es inapelable.
Recordemos que la Ley del Deporte subraya que las federaciones españolas representan a España, pero ello no excluye lo que la Ley Catalana del Deporte asegura: que las federaciones catalanas representan al deporte federado. Caminos paralelos y no contradictorios.Además existe una cuestión de formas. ¿Qué hace el señor Angulo convirtiéndose en guerrero del antifaz patrio, si, como cargo saliente, tiene que limitarse a asuntos de trámite? ¿O es que da por hecho que sus planteamientos serán asumidos por el nuevo Gobierno? Incluso aunque así fuera, su activismo militante en la cuestión está fuera de todo lugar. Hoy Angulo sólo puede poner sellos y cerrar expedientes.
La cuestión legal es clara, pero éste no es el debate, como mínimo a ras de tierra, donde nos movemos la mayoría de mortales. Parafraseando a Sabina, el «dímelo en la calle» no tiene que ver con leyes, sino con símbolos, sentimientos y tolerancias. Situado el debate en el estómago y hasta más abajo, pero no en el cerebro, lo legal deja espacio a lo simbólico, y es ahí, en ese paisaje turbio, donde nacen los problemas. Este debate surge del deporte, pero no tiene nada que ver con el deporte, de manera que la primera pregunta es al estilo de Raymond Carver: ¿De qué hablamos cuando decimos que hablamos de selección nacional?
¿Hablamos de deporte? ¿O hablamos de simbología? ¿Gestionamos el deporte o la ideología? Para no herir la inteligencia del lector, no formularé las respuestas obvias, pero es importante delimitar el terreno por el que andamos. Andamos por los caminos pantanosos de los sentimientos colectivos.
De ahí nace la petición de una selección deportiva catalana con rango internacional, y de ahí nace la negación del Gobierno a que exista. En los dos casos, el choque es simbólico y patriótico.No es más nacionalista quien pide la selección que quien intenta impedirla, y diré más: no hay gesto más nacionalista que el de prohibir, en nombre de una bandera, el uso de otra. Si hablamos de derechos, el tema aún es más hiriente: ¿Qué derecho puede impedir que un colectivo humano use sus símbolos y sus banderas en el terreno más sentimental que existe en el mundo, el terreno deportivo? ¿Por qué, en nombre de España, tiene que prohibirse usar el nombre de Cataluña? Se disfrace como se quiera, lo que intenta hacer Angulo en nombre de España (quizás usando el nombre en vano) es un gesto decimonónico más vinculado a los cantares del Mío Cid que a un cantar de la modernidad. Porque lo cierto es que en todo este lío no nos va la vida, no vamos a perder cuotas de bienestar, ni vamos a tener una economía más deficitaria, ni una sociedad más quebrada.
Probablemente, dejando que los símbolos respiren sin agobios, que las realidades identitarias tengan vías de oxígeno racionales y que el deporte sea la expresión tranquila de los sentimientos colectivos, los reales, no los impuestos, con todo ello lo que tendremos es una sociedad más sana, una democracia menos tutelada y, para muchos, una España menos antipática. Puede que Cataluña quiera patinar con cuatribarrada. Pero no es Cataluña quien patina con toda esta polémica. Lo único que patina de verdad es la poca salud de nuestra tolerancia.
Pilar Rahola fue diputada de ERC en el Congreso.