Las dos compañías no han olvidado la importancia del marketing en estos asuntos. Majdi Taher ha desplegado carteles por la ciudad de Nablus anunciando El álbum de la Intifada y vende los cromos en paquetes con forma de tanque israelí. «El tanque es el origen de nuestros sufrimientos. Por eso lo elegí», explica.
Los israelíes de Game Over (Se acabó el juego) han establecido incluso una página web donde el As de Picas, el jeque Ahmed Yasin, líder espiritual de Hamas, ya aparece con un explícito titular sobrepuesto: eliminado.
«De hecho, vendemos dos barajas, una, la de los más buscados, con las caras de los terroristas, y otra, la de los eliminados.Así, los clientes pueden actualizar su baraja. Hicimos una pequeña encuesta y resultó que la gente lo prefiere así, para que sea un poco un juego interactivo», precisa Daniel, portavoz de la firma que comercializa la baraja de cartas, que no quiso que la misma fuera identificada.
El texto aclaratorio que acompaña a cada juego de cartas no es menos demoledor. «Si usted se quiere mantener al minuto, podrá mezclar las dos barajas para equipararse a la situación en la vida real. ¿Serán capaces las fuerzas israelíes de conseguir que la baraja de eliminados sea la más actualizada? ¿Conseguirán capturar/asesinar a estos villanos? No pierda el tiempo, porque cualquiera de ellos puede haber caído mientras usted lee estas líneas».
Los artífices de este particular modo de esparcimiento añaden: «El juego Game Over sólo está concebido para jugar y no refleja ninguna opinión política». Quizás resulte simbólico, pero cuando se le inquiere a ambos, al empresario palestino y a su homólogo israelí, ambos coinciden en excusar su actitud con el mismo argumento.«Es tan sólo un resumen de lo que ocurre en Israel, no es una exageración, ni una caricatura, sino algo que ocurre a diario.Las noticias que vemos son violentas», afirma Daniel.
Para Taher -antaño dedicado a la venta de dulces-, su juego no promueve la violencia. «Simplemente refleja la vida a la que asisten estos niños. Nuestros hijos viven en la Intifada, con tanques que pasean por nuestras calles y helicópteros que nos disparan a diario. Este álbum es un reflejo de la cultura en la que vivimos», dice.
Si en España los infantes coleccionan las figuras del Pokemon o los retratos de los futbolistas más cotizados de la Liga, en la ciudad palestina de Nablus -200.000 habitantes-, Majdi Taher ha conseguido vender en los últimos dos meses hasta 40.000 álbumes basados en recopilar imágenes de la violencia más descarnada.Los chavales lo apodan el Pokemon de los shahids (mártires).
Los israelíes también tienen su homólogo. Se puede adquirir en múltiples comercios de Tel Aviv o Jerusalén. Game Over ha conseguido entremezclar una baraja de cartas de póquer con el ideario de los «asesinatos selectivos» que auspicia el Gobierno de Sharon conformando un juego donde se recurre a los rostros de milicianos y dirigentes palestinos amenazados por los militares.
Varios de los integrantes de esta colección han muerto ya destrozados por helicópteros o fuerzas especiales israelíes, entre los que figuran el citado Yasin; la Q de Tréboles, el también dirigente de Hamas Ismael Abu Shanab; el ocho de Tréboles, el jefe de la Yihad en Hebrón, Mohamed Sider; o el cuatro de Corazones, el activista de las Brigadas de Al Qassam, Jaled Masud.
Daniel admite que la popularidad de la baraja se ha incrementado desde la muerte del jeque Yasin. «Siempre ocurre algo así. Cuando matan a un terrorista suben las ventas». El israelí estima que han vendido más de un millar desde octubre.
El Album de la Intifada y Game Over forman parte de esa «cultura de la muerte» que critica Aatef Saad, responsable del Centro de la Juventud de Nablus, y contra la que intenta luchar en la ciudad cisjordana con sus exiguos medios. Quince computadoras.Sesiones de teatro y danza. Clases de inglés, de democracia y derechos humanos
«A nuestros programas asisten 3.412 menores. Intentamos explicarles que aunque vivan días oscuros, en el futuro podrán ver la luz.Les ponemos flores en las mesas para que no sólo huelan a cementerios», añade.
El éxito del coleccionable de Taher es tan sólo un reflejo del deterioro social en el que se encuentra sumida la localidad de Nablus después de tres años de Intifada. Una realidad que no sólo se refleja en el creciente número de incidentes armados entre grupos locales sino en la multiplicación de casos de menores reclutados para llevar a cabo ataques suicidas. Cinco días después de que los israelíes publicitaran con especial énfasis el caso de Husam Abdu, el chico de 16 años que fue atrapado con un cinturón explosivo en un control a la salida de la localidad, el diario palestino Al Ayam, vinculado a la Autoridad Nacional Palestina, se hacía eco del intento de la Yihad Islámica por captar a un chiquillo de 15 años como suicida.
Raed Jweirah, de 26 años, explicó que a cambio de convertirse en un kamikaze su hermano Tamer recibió 45 dólares, un teléfono móvil, un pantalón y una camiseta nueva. El padre del menor, Masud Jweirah, aseguró que tras protestar ante los responsables del grupo radical, éstos se excusaron diciendo que se habían equivocado con la edad de Tamer.
Tanto Tamer como Husam frecuentaban el mismo colegio: el centro Omar bin Hatab. Un compañero de los mismos, Yihad Yusef Aid, de 16 años, dice que los israelíes han arrestado a tres alumnos de dicha escuela, incluido Tamer, «porque hablaban de ser shahids».
Sentado junto a la madre de Husam en un domicilio no muy lejos del recinto escolar, Yihad admite que «todos» los chavales de su clase «odian a los israelíes».
La propia madre de Husam, Tamaam Mohamed Bilal, asegura que «Dios castigará» a los que indujeron a su hijo, pero simplemente porque «todavía es muy pequeño».
La señora defiende el recurso a los hombres bomba «porque no podemos enfrentarnos con piedras a tanques y aviones».
Los alumnos del Omar bin Hatab son devotos del Album de la Intifada, como reconoce Yihad. Aunque Taher puntualiza que entre los 229 cromos no se incluye a ningún kamikaze, lo cierto es que la colección está plagada de funerales, de embozados lanzando cócteles molotov, niños enfrentándose a pedradas a tanques, disturbios y demás instantáneas del virulento conflicto.
Los más difíciles de conseguir son las ampliaciones, grupos de 12 estampas que al pegarse juntas reconstruyen una imagen como la de la muerte de Mohamed Al Dura, el pequeño de 12 años que cayó abatido al inicio de la Intifada. Taher aclara que ya han vendido seis millones de cromos.
«Los niños palestinos se han acostumbrado a la muerte porque eso es lo que les trae a diario la ocupación. Es difícil luchar contra esa desesperanza, que a la postre es lo que hace que sean presa fácil de cualquiera que venga y les prometa un paraíso lleno de mujeres», advierte Saad.
En su institución, el psicólogo Sami Duglas reconoce que el tristemente célebre estudio del doctor Edad El Sarraj, director del Centro Psiquiátrico de Gaza, que aseguraba que uno de cada cuatro niños de ese territorio aspira a convertirse en shahid, se aplica «perfectamente» a la realidad de Nablus. «¿Sabe cuál es la principal fuente de niños shahid? ¡Los israelíes! Desde el inicio de la Intifada han muerto en Nablus 22 niños», precisa Taysir Nasrallah, responsable en la localidad de Fatah, el partido de Arafat.
Aunque todos coinciden en señalar a la ocupación israelí como el principal factor que genera este devastador desaliento, también comienzan a aparecer voces como la de Saad, que se indignan ante la utilización de los pequeños palestinos para ejecutar acciones armadas.
El pasado enero, el prominente columnista Hasan al Batal escribió un artículo en el diario Al Ayyam, propiedad de la Autoridad Nacional Palestina, en el que criticaba sin reparo la práctica de reclutar adolescentes y madres como suicidas. Bajo el título de Familias que se rebelan contra la cultura de la muerte, Al Batal elogiaba la actitud en Nablus de los allegados de Iyad al Masri, que se negaron a «celebrar» la muerte como shahid del kamikaze de 17 años, una actitud inusual en los territorios palestinos.
«A lo mejor éste es el inicio de una transformación estratégica sobre el concepto y la cultura que rodean a este tipo de ataques.Si la sociedad [palestina] no tiene la valentía de hablar pronto, veremos a niños de 10 años y mujeres embarazadas volándose. ¿Cómo podremos justificar ante el mundo la muerte de nuestros niños bajo los disparos israelíes cuando estamos enviando a esos niños con cinturones explosivos?», advertía Al Batal.
El último niño mártir de Nablus se llamaba Jalil Walwil y tenía seis años. Murió el 27 de marzo. Tan sólo miraba por la ventana de su domicilio. La bala atravesó la ventana y le destrozó la garganta. Su madre muestra entre lágrimas el agujero en el cristal y acaricia el sofá donde cayó mortalmente herido el chiquillo.
El Ejército israelí dijo que el disparo procedía de un miliciano que atacó en ese instante a uno de sus jeeps. El padre, Maher Mohamed Saki Walwil, de 39 años, está convencido de que su pequeño falleció alcanzado por los israelíes. El origen del balazo no modifica el resultado: otro shahid. «Es muy difícil criar a un niño en Nablus. Hace poco mataron a uno de sus amigos. Jalil hablaba de convertirse en hombre bomba. Le expliqué que era muy joven y hasta colocamos rejas en las ventanas para que no pudiera tirar piedras pero da igual, murió en casa», sentencia Maher.
A su espalda, en el habitáculo donde reciben condolencias, se aprecia una corona de flores con un explícito mensaje: «¿Por qué matan a los niños?».
'Pintando el dolor, soñando con la paz'
JERUSALEN.- Para la israelí Kitty Cohen, la única solución al conflicto en Oriente Próximo se encuentra en la posibilidad de educar en la coexistencia a los niños de ambos lados. «Los adultos ya no van a cambiar, pero a los niños podemos enseñarles cuántas cosas tienen en común, que pueden ser amigos y que las diferencias no son negativas», dice.
En medio de la Intifada, y cuando parecía que los pequeños israelíes y palestinos se encontraban separados por la violencia, el Instituto para el Estudio de las Religiones y Comunidades de Israel que lidera Cohen desde 1996 descubrió el único punto en el que quizá podían encontrar un referente común: la angustia.
«Junto con dos profesores de Jerusalén, uno de un colegio israelí y otro de un colegio palestino, pensamos que el arte podía servir para que estos niños expresaran su dolor, su miedo a la violencia», añade.
El resultado de un proyecto que se desarrolló durante los dos últimos años es la exposición 'Pintando el dolor, soñando con la paz', que se ha exhibido en Jerusalén y que ahora podría viajar a EEUU. Son 166 dibujos y pinturas realizadas por medio centenar de pequeños israelíes y palestinos. Obras como la del niño israelí Michal Fitles, en la que los aviones israelíes bombardean a los pequeños palestinos con dulces de chocolate, o como la del palestino Ibrahim Qulaghasi, titulada 'Hermanos', en la que dos pequeños se abrazan bajo las banderas respectivas.
Varios de los cuadros se realizaron en las cuatro sesiones en común que se organizaron para entremezclar a los dos grupos de alumnos. En el catálogo de la exhibición se adjuntan también los comentarios de los pequeños.
«Antes del encuentro pensaba que íbamos a terminar peleándonos.Después, comprendí que no son malos», escribió Bar, un estudiante israelí de quinto grado. Bassam, un palestino del mismo nivel, decía: «Antes quería ganar, ahora sólo quiero paz». Otro pequeño israelí, Motti, es de una franqueza devastadora: «Son como yo, porque nuestra gente es asesinada y su gente también».
«Es una gota, pero lo que no podemos hacer es sentarnos en casa y quejarnos de lo mal que va la situación», aclara Cohen.
Grupos armados y 'matones'
NABLUS.- «La gente acude a los grupos armados para resolver sus problemas porque no existe la autoridad, no hay policía». Sentado en su despacho de Nablus, Taysir Nasrallah, jefe de Fatah en la población, admite que el «caos» se ha apoderado de esta ciudad.
Nasrallah acusa a los israelíes de provocar el colapso de la Autoridad Nacional Palestina, pero también reconoce que existe una virulenta disputa entre bandas de pistoleros sin filiación política enfrentadas entre sí. Más de 30 personas han muerto aquí en los últimos tres años de refriegas internas.
«Es un desastre. El problema no es sólo la ocupación. Es más grande. Nablus está dirigida por matones», denuncia Bassem Eid, director del Grupo de Control de Derechos Humanos.
Entre los fallecidos en estos turbios tiroteos figura el hermano del alcalde de la ciudad, Ghassan Shaqa, abatido el 25 de noviembre, pero también personas tan ajenas a las disputas políticas como ese niño de 13 años que murió en medio de un fuego cruzado mientras iba a cortarse el pelo o la madre de tres hijos que fue alcanzada por una bala perdida mientras compraba en una farmacia. Ghassan llegó a presentar su dimisión el 28 de febrero, y la justificó porque «el caos prevalece y la anarquía es un ritual diario».
El desbarajuste interno en Nablus se superpone con las acciones repetidas del Ejército israelí. La última comenzó el 16 de diciembre y se extendió hasta el 7 de enero. Murieron cuatro milicianos locales y 15 civiles. Según un responsable militar israelí, el área de Nablus sigue siendo el principal origen de suicidas de toda Cisjordania.