En mayo de 1998 convulsionaron Yakarta, se enfrentaron en las calles al mayor Ejército del sureste asiático y entraron en el Parlamento derribando la entrada principal.Han pasado seis años y los estudiantes indonesios están decididos a volver a tomar la Cámara Baja. Esta vez, llamando a la puerta.
Los nombres de decenas de universitarios que tumbaron el régimen del general Suharto estarán mañana entre los cientos de candidatos a ocupar un puesto en el nuevo Parlamento de Indonesia. «Debemos continuar la batalla que comenzamos hace seis años», ha asegurado Rama Pratama, uno de los universitarios que lideraron las manifestaciones estudiantiles que cambiaron el país para siempre.
Rama, que hoy tiene 29 años, se presenta a las elecciones generales por el Partido del Bienestar y la Justicia, uno de los 24 que competirán por los 550 asientos en disputa. Las diferentes formaciones, conscientes de la imagen heroica que los indonesios tienen de los estudiantes, han tratado de completar sus listas con antiguos líderes universitarios en un intento de dar legitimidad a sus programas.
La muerte de cuatro alumnos de la Universidad Trisakti de Yakarta el 12 de mayo de 1998 provocó las manifestaciones masivas que costaron la vida a más de 1.200 personas y obligaron a Suharto a ceder el poder después de tres décadas de férrea dictadura.
Aquellos jóvenes, que vieron morir a decenas de compañeros por los disparos de la policía, han visto cómo la revolución por la que lucharon se ha quedado a medias. Suharto sigue sin ser juzgado y disfruta de un tranquilo retiro en su mansión de Yakarta, los grupos económicos del antiguo régimen mantienen su poder, la corrupción permanece intacta y las Fuerzas Armadas han recobrado gran parte de su influencia.
Para disidentes como Rama es precisamente el incumplimiento de muchos de los objetivos que tenían en 1998 lo que ahora le impide «sentarse en casa y conformarse con un buen trabajo y una familia».Su objetivo es tratar de cambiar las cosas desde dentro, una idea que muchos de sus compañeros ven como una utopía, cuando no una traición.
El hecho de que algunos ex universitarios hayan aceptado presentarse a las elecciones bajo la bandera de Golkar, el partido con el que Suharto monopolizó el poder en este archipiélago de 240 millones de habitantes, ha llevado a varios activistas a declararse públicamente avergonzados de sus colegas. «Una vez luchamos por la disolución de Golkar y ahora se presentan con ellos. Es una traición a nuestra causa», aseguraba hace unos días Julianto Hendro, antiguo dirigente de la Universidad Trisakti.
Una inclusión simbólica
Varios analistas han denunciado que Golkar está utilizando a los antiguos estudiantes para lavar su imagen y reforzar la idea de que el partido se ha reformado. La inclusión de los universitarios, aseguran, tiene mucho de simbólica: situados en los últimos lugares de las listas, sus posibilidades de ser elegidos son mínimas.
La mayoría de los estudiantes han preferido unirse a pequeños partidos sin conexiones con el antiguo régimen para despejar así dudas sobre los motivos de su entrada en política.
El mayor logro de la generación del 98 fue ofrecer a los indonesios la oportunidad de escoger a sus líderes. «¿Por qué no habríamos de participar en ese cambio al que tanto contribuimos?», responden a sus críticos.
Los últimos años de libertad, sin embargo, han decepcionado a la mayoría de los indonesios, convencidos de que su vida, lejos de mejorar, ha empeorado con la llegada de una democracia imperfecta.El resultado ha llevado a un sector de la sociedad a pensar que «con Suharto se vivía mejor» y ha situado a Golkar en posición de obtener mañana el mayor número de escaños. Los partidos que logren al menos un 3% de los votos y suficiente representación en todas las regiones podrán presentar a su candidato a las elecciones presidenciales previstas para el próximo mes de julio.
La víspera de las elecciones ha sido centro de un choque generacional con su origen en las facultades. Los estudiantes que han tomado el relevo, inspirados por lo que sus mayores hicieron seis años antes, han salido a la calle a protestar por lo que consideran una democracia al servicio de la elite.
En la Universidad donde empezó el declive de Suharto, Trisakti, los alumnos organizaron hace unos días una manifestación que terminó con la quema de las banderas de los tres principales partidos políticos. «Ha llegado nuestro turno de hacer algo por cambiar las cosas. Nuestros predecesores dejaron el trabajo a medio hacer», asegura uno de los alumnos, Irvan, rodeado de compañeros de facultad en el campus de Yakarta. Todos aseguran que, si las cosas no cambian, también ellos están dispuestos a entrar en el Parlamento. Sin llamar.