El Albacete tiene en sus filas a un delantero tan aplicado dentro del campo como disperso fuera de él. Se llama Carlos Aranda, es el máximo anotador del conjunto manchego (seis goles) y ha tenido esta temporada su rincón para la fama en alguna que otra jornada.
Sin ser nada del otro domingo, a sus 24 años se gana la vida con esto, aunque sea a base de cesiones y dando viajes de un lado a otro por la geografía futbolística española. Criado en las categorías inferiores del Real Madrid, se marchó al Numancia primero y al Villarreal después, que se atrevió a hacerse con su ficha por un puñado de euros. En el conjunto amarillo apenas hizo nada, así que lo cedió el pasado verano al Albacete.
Aranda no jugó ayer contra el Madrid debido a una lesión en un hombro; se forzó para lograr su presencia, pero no hubo suerte.Así que, a sabiendas de que no iba a tener que vérselas con Iker Casillas, el malagueño eligió pasar la víspera de copas por la Calle de Tejares, la de 'la marcha' en la ciudad. La velada no fue todo lo tranquila que hubiera deseado, y al parecer el muchacho se debió meter en problemas. Ayer, poco antes del encuentro fue llamado a declarar a una comisaría.
En el club, nadie se atreve a airear el asunto, aunque la respuesta más evidente cuando se pregunta por él es una cara larga y un gesto que delata a un jugador al que le persiguen los problemas.La suerte lo esquivó desde chico. Abandonado por su padre, vio morir a su madre a causa de un cáncer y del consumo de drogas cuando él sólo tenía nueve años. Procede de la barriada de El Palo, donde se hizo fuerte para responder a los latigazos del destino. Como el tenista Juan Carlos Ferrero, también huérfano desde niño, dedica todos sus triunfos, en este caso en forma de goles, a su progenitora.
Lo criaron sus abuelos. Abandonó la escuela y se fue presto tras la pelota, en busca de un horizonte. A los 15 años fue detenido por robar una moto, que pensaba vender para comprar unas gafas de sol a su novia. Metía goles, pero no encontraba el estímulo para alejarse definitivamente del peligro del arcén.
Su porvenir empezó a cambiar en una tarde inesperada, en un partido cualquiera de regional, poco tiempo después de aquel incidente.Testigo de sus andanzas iba a ser su verdadero redentor. Pasaba por allí un tal Vicente del Bosque, entonces responsable de la cantera del Real Madrid, quien se lo llevó y puso en marcha su carrera futbolística.
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