Es una seria incorrección política hablar de ello, o tan siquiera enunciarlo en algunos círculos, pero el hecho es que numerosos amantes, espectadores habituales y coleccionistas están solemne y dolorosamente hartos de las modas y mixtificaciones que parecen haberse apoderado casi por completo del panorama plástico. Esos espectadores ya no quieren ver ni una sola sala más llena de fotografías que no tendrían ningún interés si no fuera porque son de un formato tan enorme que es imposible ignorarlas. Ni que decir tiene que el hartazgo se extiende a prácticamente todos los montajes, instalaciones, performances y demás ocurrencias que no hacen más que subrayar que el arte vive un momento de confusión, falta de ideas, excesivo narcisismo y absoluta pérdida de la energía, intensidad y capacidad de revelación que han sido las señas de identidad durante milenios. Por desgracia, tienen razón quienes apuntan que el hecho de que una de las principales atracciones plásticas del inminente Fórum de las Culturas barcelonés sean unos guerreros chinos de terracota realizados hace siglos, dice muy poco de la calidad del arte de comienzos del siglo XXI y de la confianza o motivación que despierta entre quienes están en situación de promoverlo.
Es por ello que el espectador interesado en experiencias intensas y reveladoras se siente reconfortado al encontrar exposiciones que se desmarcan de las modas o se sitúan directamente frente a ellas y en las que el principal reclamo no es ni la ortodoxia de la última moda ni el falso escándalo de la provocación trivial y superficial. Por desgracia, la herencia de Salvador Dalí y de otros histriones del arte contemporáneo sigue viva y goza de buena salud. No basta con que un artista tenga talento: además tiene que ser mediático, fotogénico, de consumo rápido y fácil, desprovisto de cualquier carga socialmente volátil y superficialmente leal al último paradigma de corrección política. La tradición del artista como generador de espectáculo -inaugurada por Dalí y seguida por creadores tan variopintos como Andy Warhol o Julian Schashel, por citar sólo dos acólitos- se ha revelado triunfante en las postrimerías del siglo XX y comienzos del XXI, con una diferencia: al principio, una precondición del espectáculo era el talento del artista, poco o mucho. Ahora lo único que hace falta es un envoltorio más chillón, un disfraz personal que atraiga al público (o que le infunda rechazo) y unos artefactos vistosos y de apariencia sofisticada.
Una de las exposiciones que pueden verse actualmente en Barcelona en las que el protagonista es el arte y no el artificio es la que exhibe hasta el 27 de abril próximo la galería Carles Taché, con la obra reciente de Miguel Angel Campano como protagonista.
Campano (Madrid, 1948) es un artista de amplia trayectoria y reconocimiento internacional cuya carrera tuvo unos inicios tempranos y fulgurantes. Ya desde sus primeras exposiciones a mediados de los años 70, Campano fue jaleado como una de las más firmes promesas de la plástica española. Desde el primer momento su pintura se situó en el ámbito de la representación abstracta y de la investigación pictórica de toda una serie de emociones poéticas que patentizaban la intensidad de una búsqueda personal.En años sucesivos, la obra de Campano ha seguido una trayectoria muy coherente -lo que no quiere decir que se haya quedado estancada o que haya renunciado a la experimentación- y parece como si el artista se hubiera situado deliberadamente en un plano más discreto, como si quisiera apartarse de la algarabía que domina amplios sectores del mundo del arte y como si esa perspectiva fuese más conveniente a su carácter y propósitos. Algunos han querido ver distanciamiento en esa actitud, y otros observadores han hablado de pérdida de intensidad, de búsqueda de una cualidad etérea en las tonalidades lumínicas y cromáticas de sus cuadros, pero cualquier conservador mínimamente perspicaz podrá ver en la galería Carles Taché que Miguel Angel Campano no ha perdido ni un ápice de la intensidad y fuerza que siempre ha caracterizado sus obras, ni tampoco ha renunciado a la emoción poética (a veces incluso un tanto mística) que las enaltece. Si acaso, el artista ha modulado su energía para hacerla más profunda, de mayor efecto con una mayor economía de medios.
La veintena de cuadros de Campano que puede verse en la galería Carles Taché -todos ellos óleos sobre tela de muy distintos formatos y prácticamente todos realizados en 2003- revela una intensidad renovada y una vivacidad reencontrada por parte del artista.Son obras palpablemente realizadas con gusto y gran motivación, pero en ningún momento puede calificárselas de ligeras o superficiales.Campano no renuncia a la potente y emblemática gestualidad que siempre ha sido una de sus características, pero insiste más que en épocas anteriores en la vivacidad cromática y en las texturas profundas, poéticas de sus telas. Incluso algunos cuadros en los que la luz y los colores derivan hacia el blanco, es apreciable una sugestiva hondura, como si los colores fuesen aflorando lentamente desde el interior del cuadro. No se trata de distancia, sino de emoción administrada con conocimiento y sabiduría. En este aspecto, Campano evidencia que sus conclusiones acerca de la densidad y la intensidad de la pintura tienen más relación de la que parece con la obra de otros pintores muy distintos, pero igualmente comprometidos con la abstracción entendida en sentido amplio, como Juan Hernández Pijuán, Albert Ràfols Casamada o Juan Navarro Baldeweg. La diferencia está en la naturaleza vibrátil y un punto inquieta de su aproximación a la luz. En las telas de Campano se evidencia y se percibe un intenso viaje espiritual.Quizá sea excesivo afirmar que el artista ha conquistado una cierta madurez, porque ésa es una cualidad que sus obras poseen desde hace tiempo, pero tal vez no sea descabellado sugerir que se encuentra en un momento óptimo de dominio de sus posibilidades expresivas.
Desde Francisco de Goya hasta Miquel Barceló, pasando por Pablo Picasso, la tauromaquia es un tema fecundo y recurrente en la gran pintura española. Si es innecesario comentar los extraordinarios trabajos creativos a que ha dado lugar la fiesta taurina, también lo es enumerar los sólidos atractivos plásticos que la tauromaquia contiene para cualquier pintor. El diálogo con los viejos maestros o con los demás cultivadores contemporáneos del género es solamente una parte del desafío. En el núcleo de la pintura taurina están también la indudable plasticidad de la lidia y su poderosa carga mítica, trágica y ancestral. Sin embargo -y ello incluso en un contexto de nuevo auge de la figuración- las tauromaquias pictóricas han estado con frecuencia proscritas de la moda por un doble motivo: de un lado, el desprestigio supuestamente academicista de la temática taurina (es curioso: las mejores pinturas taurinas son precisamente antiacadémicas) y de otro, los contradictorios prejuicios políticamente correctos que se oponen a la mera pervivencia de la fiesta de los toros.
Por todo ello, cabe destacar la imaginación y la osadía de la galería barcelonesa Trama y de los seis artistas que exponen en ella hasta el 14 de abril próximo al presentar una muestra colectiva de pinturas inspirada en la lidia. Los participantes en Tauromàquies son Nacho Amor, José María Larrondo, Miguel Macaya, Anna Miquel, Agustí Puig y Miguel Rasero. Como no podía ser menos, es una exhibición variopinta e irregular, con cimas como un luminoso y fascinante retrato de un torero de espaldas (2004) realizado por Miguel Macaya (Santander, 1964), o las aproximaciones desmitificadoras de José María Larrondo (Villafranca de los Barros, 1958) que ironiza con tres pares de banderillas dentro de un florero con el título Spain is Spain (2004). El correcto realismo de Nacho Amor (Barcelona, 1958) y las sugestivas imágenes de raigambre expresionista de Miguel Rasero (Córdoba, 1955) ofrecen el punto medio de la muestra, mientras que Anna Miguel (Barcelona, 1949) aporta una visión un tanto distante y descafeinada de la lidia, y Agustí Puig (Sabadell, 1957) es el eslabón más débil, con imágenes de una gestualidad tan atrayente como superficial y abiertamente deudora de algunas imágenes de las tauromaquias de Picasso.
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Ni distante ni relativo
Contrariamente a lo que sucede con algunas propuestas que se limitan a tomar lo más superficial de referencias anteriores y lo aderezan con luceríos de novedad, la pintura de Miguel Angel Campano no es fácil de asumir con un simple vistazo, ni tampoco es indulgente con los espectadores perezosos. No se entiende que algunos críticos la califiquen de distante, porque si algo hay que destacar de sus obras recientes es el evidente compromiso con su vivencia pictórica. Tampoco es una pintura relativista o contemporizadora: es palpable que Campano es un avezado explorador y desvelador de enigmas.