JOSE MARIA ROBLES
MADRID.-
Solteras, autodidactas, pobres, aisladas en el mundo rural del XIX, con mala salud y fallecidas antes de los 40. Todavía sigue siendo un misterio cómo Jane Austen y las hermanas Brontë (Charlotte, Emily y Anne) se las arreglaron para concebir algunas obras maestras en semejantes circunstancias.
«Era un entorno común para la mayoría de las personas que vivía en Inglaterra. ¿Por qué ellas escribieron? ¿Por qué no se dedicaron a otra cosa? ¿Por qué la gente que estaba en esas mismas circunstancias no escribía?», se cuestionó Espido Freire cuando decidió conocer más de cerca a quienes «teniendo una buena educación y siendo personas sensibles, estaban condenadas a ser amas de casa». Hacia las novelas y lugares donde se recluyeron estas cuatro damas -«todas espoleadas por la necesidad y con una conciencia muy aguda de su propia independencia»- apunta Freire (Bilbao, 1974) en Querida Jane, querida Charlotte (Aguilar), obra entre la literatura de viajes y el ensayo que se presenta en primera persona.
Espido Freire consiguió «descubrir el carácter auténtico de cada una de ellas». «Jane Austen», revela, «es la humildad absoluta.Es impresionante ver la mesita en la que trabajaba. Escribía en unas cuartillitas mientras fingía repasar las cuentas de casa».
«Un personaje contradictorio» y «con una desesperada necesidad de conseguir sus objetivos» fue Charlotte Brontë: se encargó de oscurecer «voluntariamente» la obra de la pequeña Anne, que para Freire ha supuesto «el gran descubrimiento». Y Emily, autora de Cumbres borrascosas, «prototipo de heroína romántica» y «un personaje que fascinaba a su propia familia... Sabían que estaba tocada por algo distinto».
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