'La Pasión de Cristo'
Director: Mel Gibson./ Intérpretes: Jim Caviezel, Monica Bellucci, Maia Morgersten, Hristo Naumov Shopov. Guión: Mel Gibson y Benedick Fitzgerald.
Calificación: (*)
No tengo prejuicios ideológicos ni estéticos hacia el director Mel Gibson. Puedo sentirme flipado ante los principios trogloditas del fundamentalista ser humano, ante sus convicciones sobre la familia, el catolicismo, el divorcio, el aborto, la homosexualidad etcétera, expresadas con sinceridad nada correcta políticamente, que le soltaba hace años a Koro Castellano en una memorable entrevista, pero esas afirmaciones tan ferozmente personales como racionalmente indefendibles no afectan al respeto y la admiración que siento hacia la sensibilidad y el intimismo que demostró en su inquietante opera prima El hombre sin rostro, ni a la épica y el sentido del espectáculo que chorrea Braveheart, una película de aventuras como las de antes que conseguía que me sintiera como esos escoceses con pinturas de guerra y comprensiblemente reivindicativos que gritan salvajemente «libertad» mientras que se lanzan a una batalla perdida contra sus ancestrales opresores.
Sólo recuerdo con una ligera grima la afición de Gibson en Braveheart a recrear con ligero pudor elíptico las torturas que aceptaba sufrir el inmolado William Wallace a cambio de mantener su aureola de comprometido libertador y de mártir con causa que no cede ante el horrible chantaje del sufrimiento.
En La pasión de Cristo ya no existen imposiciones de autocensura para que Gibson destape sus morbosas fijaciones e indisimulable amor hacia dos patologías, o vicios, o tendencias perversas, llamadas sadismo y masoquismo, cositas relacionadas con el dolor que proporcionan orgasmos físicos y mentales a los acólitos.El pretexto es inmejorable. Recrear con vocación de cirujano complaciente el castigo que padeció el Rey de los Mesías, el hijo de Dios, el cordero que nos redimió con su sacrificio a todos los pecadores y transformó la historia de la Humanidad.
Me han contado oralmente, o por escrito, o en imágenes, esta trascendente movida hasta la extenuación sin lograr conmoverme, sin que me expliquen racionalmente los motivos de mi existencia, sin convencerme (pero sí aterrarme en las vulnerables pesadillas de infancia) de que mi pasado, presente y futuro están marcado por la existencia de un rebelde divino al que los mezquinos e institucionalizados poderes terrenales decidieron torturar y exterminar. No me impresiona la intocable leyenda o verdad, me aburre el escalofriante tema, pero si su histórica trascendencia exige nuevas versiones, celebraría que no fueran tan complacidamente tenebrosas, tan localizadoras del bien y del mal, tan fundamentalistas y pornográficas como la hiperrealista visión que nos ofrece el peligroso cruzado Mel Gibson sobre la impune flagelación de Jesucristo por los farisaicos e implacables sionistas y los borrachos verdugos del Imperio Romano.
Durante la supuestamente macabra descripción de ese martirio celestial, no logran implicarme en él. No vomito, no cierro los ojos, no siento vértigo, no lloro, no me mareo. Salgo a fumarme un cigarro por razones de adicción nicotínica y de desinterés hacia una sangre que no me salpica, hacia un naturalismo ambiental (se expresan en arameo y en latín, los escenarios están muy cuidados) que me la suda. Al volver me encuentro con la prolongación de los feroces latigazos, descoyuntamiento, lapos, variadas crucifixiones y demás tematica de snuffmovie que prodiga el ecuménico y vengador Gibson. Y no me creo a esas bestias sonrientes que trituran con infinito placer a un desconocido. Tampoco puedo entender que la víctima resista desgarro tan excesivo. Ni que sólo exista un mensaje de odio por parte del riguroso cronista hacia los verdugos de alguien que predicó la religión del amor y del entendimiento.Jamás he asimilado revelaciones tan etéreas como eso de «amaros los unos a los otros como yo os he amado», pero tampoco puedo estar de acuerdo con la militancia bíblica de Gibson en la metodología que utiliza el diablo y el horror para ensañarse con el angelical enemigo.
Todo huele a enfermizo, a inquisitorial, a venganza en esta fatigosa aunque repulsiva película que enamora al ortodoxo Vaticano y a los católicos como Dios manda. ¿Y lo único cautivador en este muermo justiciero? Un emocionante flash-back en el que María, ante la primera caída de su hijo con la cruz, recuerda el pavor que sintió cuando éste era un niño y se estrelló contra una piedra.Una aislada y conmovedora secuencia en medio de un peñazo gore.Es vuestro rollo, modernos. No sintáis vergüenza de emparejaros en momentos puntuales con los abuelitos de misa diaria y cilicio.