Madrid, una ciudad herida tras la contienda, asoma a las páginas de Capital de la gloria, de Juan Eduardo Zúñiga, un volumen de cuentos que cierra una trilogía sobre la Guerra Civil y que ayer se alzó con el Premio de la Crítica en el apartado de narrativa en castellano.
El escritor agradecía este galardón, ayer en su casa de Madrid, un reconocimiento a una obra tras la que late una trayectoria coherente. «Me satisface porque me lo dan los críticos, que son los grandes lectores, los que se enfrentan microscópicamente al libro», decía satisfecho en esta etapa de reconocimientos, ya que el mismo título acaba de recibir el Salambó, premio que otorgan los escritores.
«Sí. Madrid es una ciudad castigada frente a la idea falsa de la zarzuela y la verbena», reflexionaba Zúñiga. Y lo hacía no sólo porque el gran tema de la trilogía que ha ocupado 20 años de su vida es la guerra, sino por las masas de inmigrantes que siempre ha acogido la ciudad, «frustradas y dolidas por haber dejado atrás sus tierras» y, sobre todo, por el 11-M, tan reciente, que «abre una etapa de incertidumbre, de miedo al porvenir».
«Lo terrible del terrorismo es que no se puede evitar, que tenemos que sufrirlo», señalaba, situándose con perspectiva en tantos acontecimientos dramáticos que el ser humano ha sido capaz de superar. De eso trata la obra de este hombre tranquilo y pausado que ha sabido mantenerse al margen, alejado de corrillos literarios, fiel a sus amigos, a su trabajo, a su intento de atrapar los recuerdos y darles forma literaria.
«Capital de la gloria retrata el final de la guerra, con una ciudad destruida y unos personajes destruidos moralmente. He huido de narrar la violencia, los ataques físicos, los hechos recogidos en los libros de historia; lo que me interesaba era reflejar el daño infligido a las conciencias, la vida cotidiana de la gente en su intento de sobrevivir con toda la carga de sus pasiones», señalaba el autor.
Zúñiga, que ganó el pulso a Rafael Chirbes, quien con su última novela, Los viejos amigos, dificultó la deliberación del jurado, reconoce que los recuerdos son un material esencial en su obra, «pero sutilmente mezclados con la imaginación».
Los recuerdos, a los que él se refiere como «anécdotas triviales o dramáticas», son fundamentales en una trilogía publicada por Alfaguara, que se inició con Largo noviembre de Madrid, donde cuenta el asedio a la ciudad en 1936, «el desequilibrio íntimo que produjo»; continuó con La tierra será un paraíso, la novela, de tono más melancólico, de los vencidos, «de su difícil readaptación, de su desconcierto» y culminó con el título ahora premiado.
La línea que une a los tres títulos es que, pese a todos los males, siempre habrá esperanza. «En medio de la crueldad de la vida los seres humanos buscan el amor y se dejan llevar, como algo propio de su naturaleza, por la avaricia», señala Zúñiga, quien reconoce que en esa indagación en el fondo del alma humana, en esa búsqueda de sus luces y sombras, se siente cercano a Francisco Ayala, Max Aub o Arturo Barea.
El amor está en el centro de Soinujolearen semea (El hijo del acordeonista), la novela con la que Bernardo Atxaga obtuvo ayer el Premio de la Crítica en euskara. Una obra que el autor calificó ayer como «un punto y aparte» en su vida literaria.
«Todo lo que me preocupa, todas mis claves, todas mis atmósferas, todo lo que he escrito, está aquí. Es el libro de mi vida», asegura el autor, quien ultima, junto a su mujer, la compleja traducción al castellano de una obra, la más ambiciosa de las suyas que ronda las 500 páginas y que Alfaguara tiene previsto publicar en septiembre.
«Sólo el amor puede rescatarnos de los infiernos de la condición humana», adelanta Atxaga el que podría ser el lema de una novela que reflexiona «sobre los tiempos modernos y sobre las luchas del hombre solo», y donde el autor dice enfrentarse al sentimiento amoroso, «por primera vez frontalmente».
Una mirada atrás, un ejercicio de memoria, un ajuste de cuentas, es el que realiza, por su parte, Luis García Montero en La intimidad de la serpiente (Tusquets), valorado como el mejor poemario en castellano de 2003. El autor, recién llegado ayer de Buenos Aires, reconocía estar ante «una obra de madurez».
«La idea surgió cuando una noche intentaba dormir a mi hija y el ruido de una moto la despertó. Ese ruido, que ella siempre asociará a la noche y a la diversión, a mí me trajo los recuerdos de mi infancia en la Granada de los 60, cuando los albañiles iban por la mañana a sus trabajos en moto», explica el poeta.
«A partir de ahí decidí buscar las metáforas de cuando era niño, comparando dos épocas muy marcadas de la vida española, la pobreza de los 60 frente a la prepotencia actual del lujo y el bienestar».
El jurado de los Premios de la Crítica 2003, formado por Miguel García-Posada, Carlos Galán, Santos Alonso, Javier Goñi, Felipe Benítez Reyes, J. C. Peinado y J. C. Soriano, entre otros, decidió también reconocer ayer en Pamplona -escenario de la concesión- a Joan F. Mira y María Beneyto por sendas obras de poesía y narrativa en catalán, así como a Xulio L. Valcárcel y Xavier López, en gallego, y a Tere Irastortza (poesía en euskara).