Domingo, 4 de abril de 2004. Año XV. Número: 5.231.
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La televisión que dejé
PEDRO RUIZ

Cuando decidí cerrar La noche abierta me senté a mirar atrás sin ira ni complacencia. Para no hacer de estas líneas una inevitable foto subjetiva de las cosas a mi favor, asumiré de entrada cuantos errores o insuficiencias personales me quieran atribuir mis críticos.Todos.

Tan sólo argumentaré firmemente mi decisión, avalada por la sola contemplación de la lista de invitados, de abrir caminos a la concordia y a la comprensión del otro. De todos los otros que vinieron, con afecto y respeto.

Me parecía que en una sociedad donde los dirigentes crispan en beneficio propio a los dirigidos con demasiada frecuencia la imprevista aportación de un polemista en sentido contrario y sincero vendría bien. Y eso hice. O pretendí.

Era lo que podía hacer en unas circunstancias personales que no vienen al caso y en un contexto profesional que cada año está mucho más viciado que el anterior.

Desde que soy artista, que es mi verdadera profesión, he conocido una televisión pública impresentable.

En realidad la televisión pública ha sido siempre la más privada de las televisiones.

Tan sólo por estrechas rendijas intermitentes se ha escapado la libertad casi clandestinamente.

En el día a día ha imperado desde siempre, el control del partido, el miedo de los cargos, la supeditación a los grupos de interés y una quizás indemostrable pero escandalosa corrupción económica y política.

¿Qué ha tenido de especialmente irrespirable este último tramo?

Un incremento insoportable de la cobardía y la autoestima de los directivos. Ni un mínimo, digo ni un mínimo, de resistencia al pavoroso miedo a la libertad -o a la ficción de la misma-, a la dependencia del político, a la perversión del mercado y al pujante pringue que lo contamina casi todo: contenidos, contratos, cantidades...

Un sanedrín invisible de hombres condicionados por las presiones y ambiciones de unos y otros toma decisiones oscurantistas permanentemente.Nadie sabe quién decide aunque lo sospeche. No es en un despacho profesional donde se habla o decide un proyecto. Este viene bendecido desde una comida en un restaurante de cinco tenedores, una cena en casa de don Fulano o unos días de veraneo con Mengano al que se deben favores u otras cosas.

Listas de personajes incómodos (que sólo te saltas por tu valor individual), silencio administrativo en vez de censura, clonación permanente de fórmulas rancias que enriquecen al «selecto club de los de siempre» y un ejército de «síseñores» dispuestos permanentemente a auxiliar el miedo ajeno.

Una olla a presión cerrada casi a cal y canto que no es, en absoluto, la ventana digna y refrescante que la gente de bien merece.

En la televisión pública de hoy el hombre que piensa por sí mismo, molesta. No cabe. No se le quiere. El diseño consiste en tener a personajes, conocidos o no, desactivados de criterio y al servicio de la dictadura del formato.

El «formato» no es otra cosa que la siguiente: que Pepito o Pepita digan lo que les hemos escrito para hacer el negocio que teníamos previsto.

¿Cómo extrañarse de la reacción mayoritaria de gentes del espectáculo en la entrega de los Goya, por ejemplo, si la mayoría de ellos no tiene acceso a un escaparate digno para ejercer el derecho de opinar?

Las ollas cerradas con tanta torpeza revientan por el suelo con estrépito.

Y hasta los que a veces no están acertados acaban por tener razón.

No espero -y desde luego no lo espero en concreto para mí un cambio espectacular porque ni es fácil-, ni nuevas y viejas presiones lo van a jalear.

Me conformaría con que se abran unas pocas ventanas al aire fresco y no sectario. Con que pueda un poco más el mérito que la rancia y persistente indignidad. Y con que algunos saqueadores habituales, con o sin muñecos, dejen sitio, de una vez, a mucho talento y bondad varados en la inercia de la desconsideración.

Y autocrítica.

Y no revancha.

Y un punto de utopía ... que aunque no se cumpla siempre es una buena estrella que mirar.

Si lo que promete es cierto le deseo suerte al señor Zapatero.

Y tenacidad. Le va a hacer falta.

Porque como usted diría: «España se merece una televisión mejor».

Pedro Ruiz es periodista y fue director y presentador de 'La noche abierta', en La 2.

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