«La televisión es un invento equivocado, algo que no debió inventarse nunca». Esto escribía, no hace mucho y en este periódico, Francisco Umbral. Casi al mismo tiempo, Antonio Mingote vertía en otro diario la siguiente frase: «La televisión ha acabado con el cine, el teatro, las tertulias y la lectura. Ahora, tantos canales terminan con la unidad familiar».
Al margen de reconocer la brillantez en la exposición, es inevitable que alguien que se dedique a la crítica del medio se pregunte si estas visiones catastrofistas están justificadas; si la televisión, efectivamente, está aniquilando cuanto de hermoso, aventurero o sublime tiene el ser humano; si su principal secuela no será, única y exclusivamente, la de configurar una sociedad átona, uniforme y dúctil en manos de los poderosos.
La primera impresión nos empuja a dar una respuesta afirmativa a estas cuestiones, y a aceptar que las visiones apocalípticas no son tan excesivas ni descabelladas en este caso. Basta con echar un somero vistazo a la parrilla y a los programas con más audiencia para darse cuenta de que la vulgaridad, la frivolidad y, por supuesto, la mendacidad son consustanciales a todos ellos.¿Estamos, pues, condenados inexorablemente a la lobotomización masiva? ¿Hay algún signo de esperanza?
Seamos optimistas. Sí lo hay. Hasta en la más casposa y siniestra de las programaciones existen resquicios por los que acaban filtrándose el ingenio y la imaginación, la bondad y la nobleza, el valor y el sacrificio. Pero no es esto lo fundamental, sino que en su mayor pecado se encuentra también su mayor virtud. La televisión es como un bombardero. Por sí misma no piensa, no actúa, y sólo de quienes la gobiernan depende que arroje napalm o víveres.Siempre a gran escala. Basta, por tanto, un pequeño cambio de sensibilidad en quienes la conducen para que su poderosísima influencia sea más benéfica que perjudicial. Y no parece tan difícil conseguirlo.
Si eliminamos el «núcleo duro» del cotilleo (lo que no quiere decir, mal que me pese, que haya que exterminar a los de Aquí hay tomate, Salsa rosa y demás), en todos los horarios y cadenas, hay numerosos espacios de éxito que, en teoría, admiten una amplia gama de contenidos. En realidad, se dedican casi en exclusiva al chismorreo, pero ¿por qué esta situación no podría cambiar? Dado que su audiencia está bastante estabilizada, ¿por qué no introducir de vez en cuando un apunte sobre una novela, una entrevista a un artista que no cante -los hay hasta guapos-, un retazo de lo que ocurre sobre algunos escenarios?
Habría que hacerlo lentamente, en pequeñas dosis, pero con ganas, con un sello distinto del habitual. Y, mientras tanto, pensar en que uno de los referentes más firmes en el imaginario del espectador español sigue siendo el de un insigne escritor protestando justamente porque no le dejaban hablar de su libro. Y ya ha llovido.