EN CONTRA DE... Como la mayoría de las literaturas nacionales recuperadas en el siglo XIX, la catalana es fruto reconocible del aspecto del romanticismo ligado al contraste que ofrecían las propias tradiciones perdidas -y entonces recuperadas- con el sentimiento exótico propiciado por las magnas visitas que aquel movimiento filosófico y artístico -pero también social y político- realizó al mundo clásico, al medieval, a Oriente, a las figuraciones del horror interno y externo.
La vitalidad de las literaturas recuperadas por los movimientos románticos ha venido fuertemente determinada en primer lugar por la capacidad de proyección y la entidad propia de las sociedades y los países que las sustentaron, y por encima de eso, que resulta indiscutible, por la agilidad manifestada por sus gestores culturales a través de las sucesivas generaciones, sea eso capacidad de adaptación, sentido de la historia o posibilismo.
Hasta hace poco, la literatura catalana era un ejemplo de versatilidad, incluso de loable resistencia ante las adversidades. Nadie fue ajeno a los graves problemas de subsistencia que las vicisitudes del siglo XX comportaron, y en general para su cultura y aún para la identidad de la sociedad catalana en sí, aunque es cierto que tales problemas fueron comunes a la literatura gallega y a la vasca, y aún a cierta literatura española, entendido en este caso el término, para no caer en equívocos, como sinónimo de literatura escrita en castellano. Lo que sí me parece propio y exclusivo de la literatura catalana es la evolución observada desde los últimos tiempos del franquismo hasta la actualidad, mi visión de la cual voy a exponer a lo largo de estas entregas.
En los años 60 y 70, la literatura en catalán había alcanzado un grado de prestigio y reconocimiento acaso incluso por encima de sus virtudes objetivas. Espriu, Fuster, Pla, Rodoreda, con los grupos de teatro y los autores de la nova cançó -Raimon, Serrat, Montllor, etcétera- se habían convertido en iconos de la resistencia antifranquista, y a la vez en signos de una modernidad progresista homologable y de hecho notablemente homologados en el contexto europeo, y apreciados como modelos por una parte importante de la intelectualidad peninsular.
A la vez, y la discusión está en si en tal coexistencia de aspectos hay lógica o contradicción, la cultura catalana vivía en una clandestinidad de facto, sin el apoyo de ninguna instancia oficial -felizmente, y de manera paulatina, siendo cada vez menos perseguida-, y por tanto autosostenida a través de la iniciativa privada.La moneda de cambio eran los supuestos servicios a una patria en apuros, lo cual tampoco parece una situación deseable atendiendo a la imprescindible profesionalización de los escritores, pero el hecho objetivo es que tal anomalía, de la cual nadie estaba en condiciones de evaluar de manera objetiva el grado de provisionalidad, produjo en términos estrictamente literarios unos resultados excepcionales. Aunque parezca un sarcasmo, las angustias y las carencias de la resistencia antifranquista le sentaron muy bien a una literatura sustentada por empresas particulares al margen, cuando no en contra, de toda oficialidad.
El paso del tiempo ha operado una selección natural que, aun a riesgo de haber perdido piezas, permite una visión bastante nítida de las actitudes y los contenidos de aquella época. Dejaré el teatro aparte, porque ahí me resulta más complicado ofrecer una visión de conjunto. En el pensamiento y el ensayo en general encontramos nombres como Xammar, Fuster, el mismo Pla, Rubert de Ventós -éste aún en plena forma-, a uno y otro lado del marxismo, con notable proyección en el contexto.
En la poesía, las tendencias se suceden en términos de exclusividad, un fenómeno del que he hablado en varias ocasiones y que siempre me ha parecido negativo, porque indica que el terreno es tan pequeño que no permite la convivencia de tendencias. En cierta consonancia con el contexto occidental, en Cataluña predomina en los años 60 el llamado realismo social, con el acento puesto en la reivindicación ideológica y en cierta sobriedad formal, contra la que, identificando -en ocasiones justamente, en otras no- lo austero con lo precario, y aún con lo rudimentario, se reacciona en los 70 con una poesía mal llamada formalista, con el acento puesto en los recursos y los estilos tradicionales.La actitud cívica y política de los poetas no era distinta, pero sus reivindicaciones ya no formaban parte del argumento de sus obras. Dentro de esta nueva actitud hacia el hecho poético, se quemaron etapas muy rápidamente en lo que a grupos y variantes de tendencias se refiere, y se consolidó finalmente una nueva tendencia con el punto de mira en la herencia noucentista, con modelos retóricos diferentes procedentes en gran parte del romanticismo inglés y en el clasicismo, y algunas familias estilísticas diferenciadas, una de ellas susceptible de inscribirse dentro de la corriente española de lo que se ha llamado poesía de la experiencia, procedente en los autores castellanos de Gil de Biedma y Barral, en el de los catalanes, de Vinyoli y Ferrater, más patente la influencia del segundo en lo ideológico y en las actitudes, pero mucho más la del primero en lo estrictamente poético, tal como con el paso del tiempo se confirma cada vez con más certeza.
La poesía es terreno de vanidades -el precio que se paga por el desapego, acaso muy a pesar de los poetas, de lo material-, y sus leyes son únicas en el mundo de las letras. La próxima semana les hablaré de la narrativa.