Domingo, 4 de abril de 2004. Año XV. Número: 5.231.
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El inmovilismo y los patines
MARÇAL SINTES

Durante la próxima legislatura en las Cortes retomará con fuerza el debate sobre la articulación legal de las identidades. Los cambios dependerán mucho del PSOE y también de la densidad de las convicciones catalanistas del PSC. Sin duda las reclamaciones de Esquerra y de CiU se harán oír. El espectacular crecimiento registrado por ERC, gracias en parte a los cañonazos del PP y su entorno mediático, le ha convertido en el cuarto grupo del Congreso. Los convergentes, sin la responsabilidad de gobernar en la Generalitat, van a encargarse de poner el listón muy alto a los anunciadores de la España plural. El plan Ibarretxe, que sigue su curso, pero también la mejora del Estatuto y la financiación de Cataluña, afán que sólo los populares no comparten, van a ser los dos grandes asuntos sobre la mesa.

Mientras se anuncian contradicciones y rifirrafes en el seno del socialismo, contradicciones y rifirrafes que José Montilla está llamado a gestionar, no parece que el PP albergue duda alguna sobre cuál va a ser su actitud. Los populares, empapados de nacionalismo español, van a seguir erigiéndose en guardianes de la Constitución, fieles a su estrategia de sacralizarla para impedir que se ceda ni un milímetro en el reconocimiento de la plurinacionalidad.Como con Aznar no se ha ido el aznarismo, sino todo lo contrario, es previsible que los populares opten por la dureza, por el enroque, entregados a su misión de salvadores de la unidad patria y, eso sí, ofreciendo apoyo a los socialistas para que éstos puedan librarse del chantaje de catalanistas, vasquistas y galleguistas.España -su España- es lo primero. O, como se proclamaba no hace tanto, «antes roja que rota».

No todo el PSOE, por supuesto, es reformista, sino que abundan los que comparten con el PP credo esencialista. Ha sido un asunto relativamente anecdótico como el ingreso de la Federación Catalana de Patinaje en la Federación Internacional el que ha empezado a poner a prueba a los que, en mayor o menor medida, estarían por reformar el marco estatutario-constitucional y a los que apuestan por el inmovilismo recalcitrante. El aparato gubernamental y federativo español ha empezado a trabajar para que la Federación Internacional se retracte de la acogida dispensada a la Federación Catalana. La reacción de los inmovilistas trasversales ha sido inmediata y abarca desde el exabrupto patriótico hasta determinados lances pretendidamente técnico-jurídicos. El argumentario deja bastante que desear: confunden datos o, directamente, esconden los que les incomodan. Obvian, por ejemplo, que el movimiento social a favor de las selecciones catalanas tiene ya 15 años o que más de medio millón de ciudadanos del Principado lo avalaron con su nombre y apellidos ante el Parlamento del parque de la Ciutadella. Tampoco cuentan cómo, en tiempos de Samaranch, consiguieron que se reformara la Carta Olímpica para cerrar preventivamente la puerta a Cataluña. Ni que las federaciones catalanas se ven obligadas a buscar su reconocimiento de forma casi clandestina para evitar operaciones de cambio de los estatutos de las federaciones internacionales, como sucedió en el caso del fútbol.

Volvamos, sin embargo, al debate que nos va a seguir ocupando en los próximos años. El primer tanteo no está siendo nada civilizado.Estaría bien que el instinto guerracivilista y separador de algunos cediera paso a un debate serio y racional, lo que requiere que el españolismo más cerrado renuncie a la demagogia y a los golpes bajos. No es nada alentador en este sentido el proceso que se ha puesto en marcha en el PP tras la derrota electoral del 14 de marzo. Aparentemente, la gran prioridad entre los populares que mandan es ahogar cualquier foco de tensión interna. Se trata de blindarse, de aplazar el inevitable cara a cara entre el aznarismo faltón y los sectores conservadores moderados y liberales. O, para decirlo de otra forma, entre la derecha pura y dura de toda la vida y un centro-derecha que mire más hacia el futuro que hacia Quintanilla de Onésimo.

¿Cuántos años más deberán aguardar los sufridos ciudadanos del Estado español hasta disponer de un partido conservador homologable a los del centro y norte de Europa? ¿Cuántos hasta que el liberalismo (más de izquierdas o más de derechas) enraíce de una vez en la cultura política peninsular?

¿Y hasta que el españolismo arrogante y asimilacionista empiece a ser razonable?

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