Domingo, 4 de abril de 2004. Año XV. Número: 5.231.
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Entre la guerra y la paz
ALEX SALMON

UN AÑO HACE DE LA MUERTE DE TERENCI MOIX. EL TIEMPO ES INEXORABLE.SU PASO NO SE DETIENE. LOS ANIVERSARIOS DE TRANSITOS NOS DEVUELVEN A LOS MUERTOS. HOY ES TERENCI. POR ELLO, Y OTRAS COSAS, ES BUENO HABLAR DE LIBROS.

Decía Leon Tolstói que «la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere sino querer siempre lo que se hace». Puede resultar ésta una frase que encasille a los mediocres, a los de ánimo necio, a los pobres de espíritu. Pero a lo mejor no es cierto.Se trata de saber si esta estratagema da resultado o no.

Esta reflexión puede no venir a cuento. Pero si de lo que se trata es de hablar de la guerra y de la paz, de los caminos que conducen a esos dos estados, de las variables, de las trampas puestas por unos y por otros para que el final sea uno u otro el escenario, entonces vale la pena entender bien que la felicidad está siempre relacionada con el color del que tengas pintada la habitación. Y esa es una decisión personal.

Muy probablemente, Terenci Moix estaría de acuerdo con estos argumentos, aunque él siempre se inclinaba más por la literatura anglosajona. Y Tolstói también, aunque sobre el escritor ruso mi información es más limitada.

Todo ello puede venir al caso porque Mondadori ha decidido publicar una versión inédita de Guerra y paz. La pregunta es obvia: ¿qué significa una edición inédita sabiendo la multitud de versiones que conocemos de esta obra, no siempre de traductores distintos?

Hasta ahora, todas las traducciones de la obra de Tolstói que existían en lengua española estaban basadas en una edición canónica de 1873. En el año 1983, mientras que se invadía Afganistán y Reagan situaba los primeros misiles en Europa apuntando a la URSS, la Academia Soviética de Ciencias publicó lo que denominaron la «edición original», primera versión de la obra que Tolstói escribió en 1866. Este es el libro que llega a las librerías con una traducción de Gala Arias Rubio. Recio, voluminoso, bien editado, 1.175 páginas de papel aceptable, bien cosido, cuerpo de letra legible y punto de página de tela.

Muchas son las razones para leer un clásico. Y más en los tiempos que corren en que la literatura parece estar en un zapping continuo, a base de coitus interruptus, donde la mayoría de las editoriales buscan la rentabilidad de cada una de las páginas de un libro, no de la obra completa, y los premios literarios se convierten en moneda de cambio, en una negra forma de intercambiar autores mediáticos para ganar dinero.

Los años de Tolstói eran distintos. El deseo por los lectores y por el dinero ha ido cambiando según las épocas. Sobre el dinero, el escritor ruso no tenía problemas. Pertenecer a la aristocracia te permite ver el mundo con una lejanía para envidiar. No por el dinero, sino por la distancia. Sobre los lectores, lo tenía muy claro. En esta edición, se incluye una nota del autor donde dice: «Hasta ahora he escrito solamente sobre príncipes, condes, ministros, senadores y sus hijos y me temo que en lo sucesivo no va a haber otros personajes en mis historias. Puede ser que esto no esté bien y que no guste al público; puede ser que para ellos sean más interesantes e instructivas las historias de campesinos, comerciantes y seminaristas, pero mi deseo no es en absoluto tener muchos lectores a cualquier precio, y no puedo satisfacerles por muchas razones».

Resumiendo: a Tolstói no le gustaban las historias plebeyas y así de claro lo decía. Lo argumentaba con contundencia. Le parecían monótonas y aburridas, y todas movidas por el mismo resorte: la envidia. «Y si todas las acciones de esta gente -escribe Tolstói- se originan por estos resortes, entonces sus acciones quedan dominadas por estos impulsos, que resulta difícil entenderlas y, por lo tanto, describirlas». En definitiva, la historia de las familias Bolkonski y Rostov merece la lectura paciente y educativa.

alex.salmon@el-mundo.es

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