DIA 74. Del calor de Los Angeles a las tempestades de Washington sólo hay cuatro horas y 15 minutos, además de una diferencia horaria de tres horas. El problema era el inminente huracán Floyd que estaba causando el caos: las reservas de hoteles por ordenador son imposibles y la última habitación se la ha llevado una pareja australiana. «¿No me dirá usted que pretende dormir en Washington?», dice el señor de la información. «No hay nada, ya se lo dije». La única alternativa es Maryland, aunque la vuelta al mundo se desvíe unos centímetros en el mapa.LUIS PANCORBO
Dejo atrás nombres de LA como Wilsihire, Cahuenga, La Cienega, o Los Feliz. No me han invitado a Piper Heidsieck etiqueta roja en la entrega de los Emmy donde daban canapés de pato y cangrejo mientras en el Governors Hall una gran banda atacaba eso de Almost like being in love y Michelle Pfeiffer y David E. Kelley, entre otras parejas, se pegaban unos pasos antes de degustar las delicias del chef de Patina's, el restaurán de moda para la gente de la Fox.
Uno es ave de paso como lo demuestra que en estos momentos el hispano que me lleva al aeropuerto prefiere llamarse latino. De todas formas sueña a través de Oscar de la Hoya (ganó 21 millones de dólares por pelear contra Félix Trinidad en Las Vegas).
He aprendido algo. Según Hollywood, la gente de color no puede escribir personajes blancos. Sí al revés. Dicen que la diversidad étnica no vende aunque un tercio de la gente que va al cine sea negra o hispana. Esta última será la mayor minoría y un cuarto de la población estadounidense en los próximos 15 años del milenio. En fin, en las próximas cuatro horas y 15 minutos uno seguirá a lo suyo, ventilándose 3.761 kilómetros y cambiando el reloj tres horas. Al aterrizar en Washington a las 14.00 horas es como si a lo mejor no hubiera hecho este vuelo.
Lo benigno de la hora del Este me hizo suponer que nada sería más fácil que alojarse junto a la Casa Blanca. Uno aún no sabía nada del peor huracán de los últimos tiempos. Las reservas por ordenador eran imposibles. Los autobuses de los hoteles, cercanos o lejanos, declaraban que estaban completos y me rendí con bagajes (ya iban creciendo, pese a mis normas antisouvenirs) ante el señor de la información. «¿No me dirá que usted pretende dormir en Washington?», refunfuñó a modo de aperitivo. Acababa de mandar una pareja australiana al último hotelito de Washington al que le quedaba un cuarto. Llamó al menos a otros seis sitios entre constantes peticiones de anuncios por megafonía (un negro con alzacuellos que venía a buscar un niño, un anciano chino que no sabía por dónde salían los del avión de Chicago y otros igualmente perdidos). Así fueron dando las cuatro, pero hora de Washington. Siempre estaba ganando tres en relación a mi cuerpo de Los Angeles.
«No hay nada, ya se lo dije». En ese momento me pareció indicado cambiar de idioma y preguntarle de dónde era al señor Luna. «Soy de padre peruano y madre isleña». «¿Isleña?». «Claro, de Tenerife». Posteriormente, entre llamadas a ya inverosímiles posadas y el paso implacable del tiempo, el aeropuerto Dulles se fue vaciando. Fue cuando Luna reconoció que estaba pasando algo raro, pero lo atribuyó a una repentina concentración de congresos y siguió contándome su vida. «Eisenhower me mandó a Corea y luego a Alemania. Luego trabajé en una compañía de aviación y me retiré. Pero como me aburría, soy voluntario del aeropuerto. Además el año pasado murió mi mujer, que era finlandesa de Espoo».
Eso nos dio aún más motivos para charlar, si bien mi lozanía californiana empezaba a declinar como el sol de Washington. «Por fin he encontrado algo en un Red Roof de Maryland». «Pero, Luna, yo no voy a Maryland, sólo estoy dando la vuelta al mundo».
Pues a Maryland. Hay que atravesar Washington y una parte de Virginia, lugares llenos de las mejores evocaciones históricas, pero muy diluviantes para que lo en principio debería ser la estación. El que por fin me saca de dudas es Porfirio, el conductor de la furgoneta que he cogido en el aeropuerto. «Debe ser el huracán». Ahí supe que la suerte final de mi viaje se aparejaba al Floyd. Hasta el Congreso había dado permiso para que todos se fueran a sus casas.
Porfirio, autollamado Junior, de padre de Guerrero (México) y madre hondureña, nació aquí hace 22 años. No hace más que llamar por el móvil a su novia. Se acaba de separar y le han echado de mecánico, por lo que no sabe cómo va a hacer con el adosado de 150.000 dólares a pagar en 20 años. Anda un poco trastornado por esta repentina caída del mundo sobre sus greñas, pero tiene esa cosa del neoamericano de que siempre hay un futuro, incluso tan nebuloso como su 2000.
Compruebo haber llegado a Laurel, en Maryland, cuando en la recepción del motel me dicen que para cenar lo mejor es encargar una pizza por teléfono. «¿Y algo cerca?». «Oh, ¿se refiere por la carretera?». «No, a pie», respondo con cierta esperanza muy neoamericana también. «Hay un chino de 24 horas a unos dos kilómetros, eso es lo más cerca». Con todo lo preferí a encerrarme en mi habitación una noche particularmente tormentosa. La televisión hablaba de la mayor evacuación en masa en tiempos de paz. Un millón y medio de personas habían salido de Florida y Georgia y empezaban a hacerlo de las dos Carolinas.
En Virginia han decretado el estado de emergencia. En Maryland sólo esperan el rebote del ojo del huracán. Es algo que todavía uno no puede traducir a las millas del viento o a las próximas inundaciones por pulgada cuadrada. Uno se evacua a sí mismo en lo que ya considera un tiempo de guerra en la noche de Maryland.
Dispuesto a encontrar un oasis bajo la lluvia, no di con el chino, que aún distaba más de dos kilómetros, sino con un siciliano, casado con una portuguesa. «Tengo bocadillos. Pero si quiere una cerveza tendrá que ir a la tienda del coreano. Con cuidado, porque tiene un arma». Aún me quedaba media milla para completar mi primera cena en el corazón posmilenario del imperio.