DIA 61. Amanece en Auckland y el viajero tiene que proseguir viaje. Denise lo acompaña al aeropuerto y le comenta que la situación en Australia no es muy halagüeña: hay grandes problemas de criminalidad. Concretamente, es el segundo país del mundo con índices más altos de violencia. El vuelo se retrasa y hay tiempo para leer la prensa y estudiar cómo van a celebrar los nativos de la zona la llegada del nuevo milenio. Por fin, sale el avión hacia Brisbane, donde hay que coger otro con destino a Sydney. En la capital, no se ve un solo aborigen.LUIS PANCORBO
Dicen que si alguien atraviesa el globo terráqueo por España con una aguja de hacer calceta, la punta saldría por Nueva Zelanda. O al revés. En Auckland estoy amaneciendo a 14.504 killómetros de Madrid o a 18.400 de Greenwich, sin contar el paseo por el Támesis.
No me ha dado tiempo, o la vena, de reservar plaza para el primer amanecer del milenio en las islas Antípodas (rigurosamente deshabitadas) o en las Chatham, el pequeño archipiélago donde Scott paraba antes de ir a la Antártida y donde hoy viven 700 personas de la cría de ganado lanar. A 19 kilómetros de la principal Chatham, surge el islote desierto de Pitt. Si no está nublado, aparecerá un tímido rayo de sol en su monte Hakepa a las 3.59'46''horas del 1 de enero del 2000. Por si acaso, me apunto que la siguiente alborada en Nueva Zelanda ocurrirá 39 minutos después que en Pitt, en un sitio algo más cálido, el monte Hikurangi, cerca de Gisborne. Lo retransmitirán en directo dentro de otras 2.000 albas del mundo.
La de hoy, a las seis, tampoco está mal. Denise conduce decidida, entre una espesa niebla, rumbo al aeropuerto. «Faltan policías, eso es lo que pasa en Auckland. Aquí por matar condenan a 30 años y a los 10 años están en la calle. Y si te asaltan y roban en casa, en 3 días, fuera. Es de locos». Según Denise, que tiene un hermano policía, es verdad que Nueva Zelanda, y Auckland en concreto, padecen el mayor índice de criminalidad del mundo después de Sudáfrica.
Hay problemas raciales con los maoríes, abuso de alcohol y de drogas, una larga lista que oscurece el antiguo paraíso britanizante. Denise ha colgado un pequeño calcetín rojo en el espejo retrovisor: «¿Usted no sabía que es como el del capitán de nuestro equipo, el que ganó la Copa América?». La verdad, uno no tenía ni idea.
Mi vuelo iba a salir a las nueve. No sólo hay entropía en Barajas. Ya son las 11.00 horas y he leído infinidad de folletos que me dio ayer Jodie Paasgard y un mazo de periódicos. Me gusta una cosa sobre la llamada declaración de paz en las islas Chatham. Los moriori, sus antiguos habitantes, celebraron a su manera el amanecer del año 1000. Los acabaron echando de su tierra y ahora pretenden peregrinar desde Christchurch a su ancestral isla de Rekohu para renovar un pacto de paz y no violencia que se transmite desde generaciones. En los últimos meses, los moriori han subido al monte Te Awatea tantos cristales de cuarzo como días han tenido los dos últimos milenios. Eso significa que, aproximadamente, 730.134 cristales serán purificados con los primeros rayos de luz del día 1, antes de ser enterrados.
Energía positiva o esotérica. Igual no viene mal en un país con 2,37 asesinatos por 100.000 habitantes, más que en Australia, Canadá o Gran Bretaña. Según el New Zealand Herald, tienen la mayor tasa mundial de víctimas por asaltos y amenazas. Yo sólo he visto gente amable, aunque también es verdad que he pasado una noche.
Por fin anuncian el vuelo con el que completaré el ocho que he trenzado sobre la raya del tiempo. Al llegar a Brisbane, respiro. Sigue siendo jueves y las 14.00 horas, o las 15.00 horas en las Salomón, o las 16.00 horas en Auckland, o un día después en Samoa. Pero si me entretengo con tantos estiramientos no cogeré el siguiente vuelo a Sydney, mi trampolín hacia el este y el punto cardinal del que acabo de venir. No sé qué pensaría Fogg de todo esto. Salió el dos de octubre y tiene que llegar el 21 de diciembre, de forma que, en estos momentos, está empezando a navegar por el Pacífico desde Yokohama y, si se le da bien, le quedan 21 días de travesía.
Alguien podría pensar de uno: pero usted no viaja, flota; es un ente en suspensión o un ente aún no dilucidado. Recuerdo que tuve la suerte de contar brevemente a don Julio Caro Baroja viajes mucho menores que éste. Uno es un amigo de los aviones, como hay otros que son amigos de la fabada o de las orquídeas. Si no lo fuera, negaría media existencia o, para no exagerar, un número primo de días que se me pasaron volando a lo largo de 30 años. Lo que para algunos es claustrofobia, estrés o directamente pánico cerval, uno lo trata de llevar con cierta naturalidad. Hoy jueves no he visto amanecer en Nueva Zelanda por la niebla. En Sydney atardece con un cielo anaranjado tan ancho como un mundo.
Virginidad de los sentidos
Será la sensación de libertad, inmedible por millas o gramos. Será porque en las tierras y mares australes late la credulidad de cierta virginidad de los sentidos, como lo vieron Lawrence o Stevenson. Será que es Sydney, las cinco y media, y tengo toda la noche por delante para encontrar un hotel.
A uno le gusta Australia por sus luces y su disolvencia. A menudo, el australiano se ríe de su sombra. Otras veces su cortesía oculta el alma de acero de su cuchillo de monte. Todo aquí parece evidente y no es cierto. Mientras avanzo entre las luces de neón de esta especie de Nueva York austral que es Sydney, no veo un solo aborigen. Ni rastro de un trazo de su canción creadora. Los blancos los han machacado y arrinconado, como en otras partes hicieron con los indios.
Sin embargo, los aborígenes, entre las más tiernas criaturas del planeta, también sienten ockerdom, algo como una ocredad. Es la variante australiana de un nacionalismo blando y de una gente poco cultivada, pero sincera. Lo curioso es que esa palabra de moda proceda de una famosa serie de televisión de los 60 donde salía un tipo con sandalias, pantalones cortos y calcetines largos. Uno de los que destrozan el inglés lo mismo que las latas de cerveza.