Sábado, 4 de diciembre de 1999 EL MUNDO periodico


LA ULTIMA VUELTA AL MUNDO EN 80 DIAS DEL MILENIO

Circunvalación de Upolu


DIA 54.- Hoy el viajero se propone atravesar la isla de Upolu de este a oeste. Además de los impresionantes paisajes que alberga esta zona, encuentra a Bob, un estadounidense que ha decidido invertir algunos de sus muchos millones de dólares en un hotel ubicado en este paraíso. Según él mismo cuenta, los huracanes que azotan la isla hacen muy difícil mantener el negocio. Pero no desiste, ahora va a reconstruir la playa porque está convencido de que los muchos turistas que tienen reserva para la Nochevieja cumplirán su palabra.

LUIS PANCORBO

Upolu no debe su grandeza a una cuestión de tamaño. Con 1.115 kilómetros cuadrados, es una isla algo más pequeña que Savai, aunque alberga a 120.000 de los 160.000 samoanos. Un dios indefinido como Tagaloa, que vivía en el vacío matemático, creó el coral e hizo la Tierra. Luego hizo una primera pareja. El hombre fue Fatu, el corazón, y la mujer Ele'ele, la madre tierra. Esas cosas impresionan poco a los actuales samoanos, debatidos entre tantas iglesias y el ejemplo que les viene de la Samoa americana, donde sus cerca de 60.000 hermanos se han acostumbrado a depender de la seguridad social. Samoa americana tiene un vertiginoso nivel de vida comparado con la Samoa Occidental, independiente desde 1962. Sólo en 1990 pasó a llamarse Samoa a secas.

Puesto que ayer crucé la isla de norte a sur, hoy me propongo atravesarla de este a oeste. Empiezo muy cerca de la punta más suroriental, la que tiene la mejor reputación en paisajes. Las islas Namua cierran la laguna de Fanatapu, donde los pescadores hacen un copo con sus redes. Más que flotar en el azul transparente, sus canoas con balancín parecen colgadas del cielo.

Ante tantas bellezas marinas comprendo a los Rose, a Steve y a tantos otros que han dejado de afligirse por la busca del paraíso. Yo tengo que dar la vuelta al mundo, es mi excusa para moverme ahora por las tierras del interior de Upolu, volcánicas, feraces, con espectaculares cascadas como Fuipisia, con 30 metros de caída. Este otro gran espectáculo de la naturaleza tiene su dueña. Los samoanos poseen cascadas soberbias como otros piscinas y empiezan a sacar un tímido rendimiento. Aquí pagas ocho talas y la voluntad.

Esto último enseguida pone en marcha el mecanismo polinesio de la reciprocidad. La señora de la cascada me regala una nuez verde de coco. Cuando me comenta que va a poner unas cabañas para el 2000, me alegro de haber visto un sitio virgen.

«Este es un noble paraíso», decía Stevenson. Ojalá dure. Los ríos bajan con rápidos hacia el mar y las selvas todavía esconden sus maderas preciosas y sus matas de strelitzias y heliconias salvajes. ¿En qué otro país del mundo una escuela teológica mantendría una piscina de agua dulce junto al mar? En Piula, un rincón del noreste, los seminaristas metodistas, cuando se acuerdan, cobran un tala a quien se quiera bañar en una poza volcánica que nace bajo la peña de la iglesia. Esta maravilla, que mantienen limpia de cremas solares y otros residuos, permite ver peces rayados y aliviar con un baño memorable cualquier clase de calor y de salitre. En sus aguas cristalinas empiezas a perder la noción del tiempo y el espacio y sólo estás a 20 kilómetros de Apia.

Stevenson embarcó a su mujer, Fanny, y a sus dos hijastros, Isobel y Austen, en la goleta Equator y, en diciembre de 1889, llegaron a Apia tras un largo periplo por los mares del sur. Fanny era rica, aunque Stevenson había publicado con gran éxito La isla del tesoro o El extraño caso del doctor Jekill y el señor Hyde. Pero no fue su espléndida finca de Vailima, ni las amistades que hicieron, ni el calor sofocante de Samoa, lo que más mella les hizo, sino saber finalmente que no existe un paraíso en la tierra. Reside en el poder de la imaginación, por mucho que una isla como Upolu ayude a propulsarla.

Cuando paso de nuevo por Apia rumbo al oeste, reconozco a muchos viandantes y a parte de los automovilistas. Me da tiempo de saludar a Audrey, la sin par secretaria de Malietoa. Aún no tiene una respuesta, pero tampoco lo excluye. Compro unas galletas en el colmado donde Tasha, el travesti apostado en sesión continua, se me acerca, cadencioso, a ver qué me saca. Veo a los de la canoa de Vaiala practicando en el puerto. Dos días de Samoa cunden como un mundo, tal vez porque no ha pasado nada.

«Mi padre era oriundo de Inglaterra, hijo segundo de una opulenta y antigua familia, aunque plebeya». Stevenson abre así el segundo capítulo de la historia del ángel exterminador de El dinamitero. ¿Cómo le pudo templar su revuelto ánimo escocés un clima como el de Samoa, tan carente de la brisa que mece los brezos y pantanos de Escocia? Quizá por la misma razón por la que uno afronta este viaje.

Si había un hombre de Hawai que podría llamarse Keawe, «porque la verdad es que aún vive y que su nombre debe permanecer secreto», bien puede haber un hombre como yo que aún no ha encontrado, y más le vale, el diablo de la botella, una especie de genio de Aladino trasplantado a los mares del sur.

En la punta más occidental de Upolu, encuentro a Bob, un millonario americano radicado en Honolulú, que se empeña en perder dinero con un hotel vacío. «Veinte veces he querido dejarlo, pero mañana vamos a echar arena en la playa que se llevó el último huracán. No sé, quizá vengan todos los que me han reservado plaza para el próximo 31 de diciembre».

Bob ha traído una nevera llena de filetes congelados de Samoa americana, y todo su empeño es enseñarme la foto de su joven esposa, una bailarina hawaiana, y que uno le diga que es muy guapa, en efecto.