DIA 52. Tras una rápida entrevista con el jefe del Estado de Samoa, Malietoa Tanumaili II, y un encuentro frustrado con el primer ministro, el viajero decide visitar la casa museo de Robert Louis Stevenson. Se trata de la finca de Vailima, desde cuya terraza se divisa un bosque y el monte Vaea. Acompañado por una samoana que hace las veces de cajera y de guía, se pueden visitar las diversas estancias que componen la vivienda. Entre ellas, el despacho del escritor, su dormitorio y la habitación que le sirvió como hospital durante su últimos días.LUIS PANCORBO
Quién sabe si al final Upolu será la isla del tesoro. He alquilado un coche y tengo que visar el permiso de conducir en la policía. Cuando le comento a un agente, grande como un tonel, vestido con camisa y falda azul, que voy a ver al jefe del Estado, me suelta: «Ah, es un hombre muy bueno, seguramente ya habrá vuelto de jugar al golf».
Moses, el del alquiler del coche, me lo ratifica, aunque también insinúa ese rasgo dubitativo y algo culpable que barniza estos días el horizonte de Samoa. El hijo del ministro de Asuntos de la Mujer ha sido acusado de matar al ministro de Obras Públicas y, según se va desenrollando la madeja, parece que había un complot para asesinar hasta al primer ministro. Ha sido la truculencia que menos se podía imaginar en estas pacíficas islas de los mares del sur, acondicionadas, en principio, para albergar el paraíso, la sonrisa, la calma y los buenos alimentos.
No me dejo impresionar por ese mar de fondo de juicios y acusaciones tan espinosas y, casi sin sentir, llego hasta el jardín del jefe del Estado, su alteza Malietoa Tanumaili II. Un par de mujeres riegan tranquilamente las flores. Una de ellas, quizá su esposa, me avisa: «¿Viene a verlo, verdad? Tendrá que ser un momento porque ha pasado muy mala noche».
Me pregunto si voy bien vestido para la ocasión, cuando veo a Malietoa, que baja unas breves escaleras hasta el porche apoyándose en un bastón. Su saludo es: «¿España? Un país bonito y grande». Para sus 80 años, Malietoa tiene un fuerte pelo blanco y la piel tersa. Pero su cara denota un cansancio profundo y bajo su falda le salen unos tobillos desnudos, muy hinchados. Habla con mucho esfuerzo. O vela con mucho cuidado sus palabras, porque él es el único equilibrio en la situación política que atraviesa Samoa: «Vivimos un tiempo muy dramático, tiene que entenderlo. Sería mejor que hablase con el primer ministro».
Creo que no le voy a sacar mucho más, lo saludo y su propio chófer me guía hasta la residencia oficial, donde encuentro a Audrey, la secretaria de Malietoa: «El es aquí como la reina de Inglaterra, ¿sabe? Llamaré a la oficina del primer ministro. ¿Dónde se aloja?». «De momento en el Outrigger, pero mañana no lo sé».
Quedo con Audrey en ir llamándola por telefóno desde los más variados puntos de Upolu y, al final, lo haría desde Savai, la segunda isla samoana. Y sin otros compromisos a la vista, conduzco media hora por las colinas de Apia hasta la casa museo de Stevenson.
Cuando miro el monte Vaea, que escalé ayer, me parece mentira. El espíritu de Stevenson me daría impulso. Hoy la cosa va a ser más sentimental. En la finca de Vailima, que significa cinco ríos, no hay una hierba fuera de su sitio. Para ir a la casona de madera blanca donde vivió Stevenson con su familia, y donde residieron los jefes de Estado de Samoa hasta 1989, se camina por una pradera reluciente. Un amplio porche da al jardín -antes era la plantación familiar- y desde la larga terraza de madera se domina el bosque y el monte Vaea sin que nada ofenda la vista.
Pate Lisi, una bella samoana junto a una no menos potente registradora de teclas, marca 15 talas por visita. Aprovechando el viaje, uno se puede comprar, por 30 talas, un curioso certificado del milenio 2000 con dos partes. Una es un diploma que atestigua que has estado aquí y la otra se rompe por una línea de puntos. En ese recorte, de un papel sin ácido, se puede escribir un mensaje que será leído en el 2100. El mensaje se mete en un tubito de plástico y se deposita en un antiguo cofre que será abierto así que pase otro centenario. Es una confianza algo estremecedora, una especie de mapa del tesoro del futuro más inenarrable. No sé si eso le haría gracia a Stevenson, lo dudo.
Después, descalzo, uno se desliza, o quizá flota, por la impecable madera de teca hasta el cuarto de la chimenea que, como buen escocés, mandó poner Stevenson. En la planta superior se ubica su despacho, con una pequeña y elegante mesa de caoba y unas golpeantes estanterías lacadas de blanco que, sin embargo, contienen algunos libros de la biblioteca original.
Pate Lisi me dice que es tabú, pero me deja hojear una magnífica edición en cuarto de Don Quixote of La Mancha y luego un libro sobre Columbus, en cuya cubierta de piel se lee: «Castilla y León/ dieron al mundo un Colón». Es una obra de Windsor de finales del XIX. También hay un voluminoso estudio sobre Napoleón.
Una librería acristalada, al fondo de esta sala, acoge las traducciones. España está presente con una edición de bolsillo de La isla del tesoro. Justo al lado se conserva la pequeña cama donde Stevenson se tumbaba cuando no podía más. Pate Lisi entorna los ojos con ternura: «Aquí vivió cuatro años y escribió cinco libros».
El dormitorio de Robert Louis y Fanny, con camas separadas, no se priva de otro escritorio, davenport en este caso, y de un tocador victoriano. La habitación del hijastro Austen sigue teniendo su arco y carjac colgados de la pared. El cuarto de la hijastra Isobel, la más solícita secretaria que pudo soñar Stevenson, está decorado con sus dibujos.
Isobel era una joven de muchos talentos. Al rebasar estas cámaras, incluida la de la madre del escitor, que se trajo sus muebles desde Edimburgo, se abre un rellano que aún llaman el hospital. Un camastro metálico con un largo mosquitero y un armario con instrumental y medicinas. Ahí murió Stevenson, un viejo cazador y marinero en sueños, escupiendo sangre a los 44 años.