DIA 32. Las autoridades han impuesto el estado de emergencia en Honiara y no hay forma de salir de la capital de las islas Salomón. Ningún taxista ni patrón de barco quiere arriesgarse a que le sorprendan cruzando la línea imaginaria. Por tanto, al viajero no le queda más remedio que quedarse en la ciudad e indagar en los problemas políticos de la zona. Para obtener respuestas se entrevista con Hilda Kari, la ministra de Medio Ambiente, quien intenta explicarle cómo los jóvenes que protestan por la modernidad están influidos por las nuevas tecnologías.LUIS PANCORBO
Cuando empiezas a vivir en una capital sitiada, aunque no lo notes, te cambia algo la vida. Yo venía con el chip del milenio y quería anticiparlo en lugares paradisiacos, míticos por los melanesios que los habitan y por la carga de sus recuerdos españoles. En Honiara, ningún taxista acepta llevarme más allá de una línea que va, por un lado, al aeropuerto, y por el opuesto, se para en otro control de policía a 20 kilómetros de la capital. Ningún patrón de los pocos barcos disponibles quiere oír de zarpar a algún sitio.
Tras los ataques de los militantes la semana pasada, han cerrado los dos únicos hoteles realmente playeros y con palmeras que tiene la isla. Por increíble que parezca ante el 2000, la costumbre ancestral melanesia, o kastom, está paralizando la capital de un país, aunque sea tan diminuto como las Salomón, que cuenta con 300.000 habitantes, un 10% de los cuales vive en Honiara.
Desde mi hotel al club náutico en Punta Cruz tardo un par de minutos. Ese nombre es lo único que recuerda el desembarco de los españoles de Mendaña, que intentaron fundar una colonia en Guadalcanal y no lo lograron hasta 27 años después y en otra isla. Con todo, el piloto Gallego había venido en avanzadilla y encontrado oro en el río que fluye junto al aeropuerto.
Las diferencias con los nativos, poseedores legítimos de pepitas, cerdos y cocos, pronto se tradujeron en muertos, y a Mendaña apenas le dio tiempo de plantar una cruz el 12 de mayo de 1568 y de levar anclas. Tras seis meses de intentos, abandonó este archipiélago hasta un nuevo viaje, tal vez más pertrechado de prudencia, lo que siempre les faltó a estas expediciones, «esto es, Salomón», como dijo Quirós cuando todo se había perdido.
El club náutico destaca entre basuras y desgüaces varios en la actual Punta Cruz. Un cartel en la entrada da la bienvenida a los visitantes de ultramar. Cuando pregunto si alquilan una lancha, lo único que consigo es que me hablen de un barco atunero. Tanto como eso no iba a servir a mis propósitos. Pero por la noche encuentro a varios oficiales y pescadores, muchos de ellos vascos, que acaban de sufrir una seria avería de la transmisión en medio de una espectacular marea de pesca cifrada en 1.000 millones de pesetas.
El barco parado pierde de dos a tres millones cada día. Mientras les llega un remolque, quizá vayan hasta Singapur, aguantan el tipo en Honiara. Me cuentan que ayer, cuando pescaban con una línea para matar el rato, sacaron un tiburón de tres metros. Antes del percance del motor, a los pescadores españoles los visitaban canoas con gentes de Honiara. Subían a bordo y se llevaban las piezas que querían para la cena. También les preocupa lo de la guerrilla invisible porque, a falta de noticias, corren los rumores y uno de ellos indica que los militantes podrían tomar la capital.
Cuando voy al museo y le comento todo esto a Lawrence, admite con cierta resignación: «La verdad es que también a mí me quieren echar de Guadalcanal. Como sabes, soy de Malu, en el norte de Malaita, y si nadie para a los militantes puede suceder cualquier cosa. Ya ha habido más de 30 muertos».
Es como si, a cada hora que paso en Honiara, se agrandase la gravedad de la situación. Le pregunto a Lawrence si conoce a alguien del Gobierno con quien pueda hablar y me dice que esta mañana, cuando iba a dejar a su hijo en el colegio, ha saludado a Hilda Kari. «¿La ministra de Bosques y Medio Ambiente». «Sí, ella es de Guadalcanal, igual te puede recibir». Media hora más tarde subía la colina donde se planta el Ministerio, cosa que deduje más por un cartel roto que porque aquella casa se diferenciara mucho de las demás.
Hilda Kari me recibió en el acto. «Ya ve usted la protección que tengo, el pestillo de la puerta de mi despacho». La enérgica Kari, en sus cuarenta y tantos, es la única mujer de un Parlamento con 50 miembros. «Es un desafío, pero me han elegido para representar a ambos sexos, no sólo a las mujeres».
No capto bien por qué, después de señalarse como activista antitala de bosques, la han nombrado ministra del ramo. «Muy sencillo. Por un lado defiendo la conservación de la naturaleza, pero como ministra también soy responsable de construir la economía del país y de un desarrollo sostenible». Ya ha pasado una ley de Medio Ambiente y otra de Fauna Salvaje y parece sobrarle fuerza para llevar su casa, su marido y sus cuatro hijos. «Si una mujer es líder de algo, necesita que su marido sea comprensivo, como el mío».
Cuando voy al asunto de la guerrilla, los oscuros ojos de Hilda Kari se nublan. «Son gente joven y frustrada de Guadalcanal que prefiere las armas a las vías pacíficas, aunque en nuestra cultura hablamos de las cosas. Ahora no. Quizá sea por esa clase de tecnologías, vídeos o películas». «Pero, ministra, esos jóvenes guerilleros llevan kabilato [el taparrabos tradicional]. ¿Cómo se entiende eso?». «Yo tampoco lo entiendo».
En Guadalcanal no son nuevos los coches, los televisores o las iglesias. Sin embargo, el interior de la isla se ha levantado en armas y espíritus contra la modernidad. Además, los nativos se consideran marginados por los de Malaita, que quizá, al ser más adaptables, han ido ocupando tierras y empleos. Hilda Kari suspira cuando le pregunto por la celebración del milenio: «Verá, aún lo estamos discutiendo en el Gobierno, pero lo mejor sería que todas las denominaciones cristianas se juntaran el 31 de diciembre para pedir paz y prosperidad».