Lunes, 8 de noviembre de 1999 EL MUNDO periodico

LA ULTIMA VUELTA AL MUNDO EN 80 DIAS DEL MILENIO

A Brisbane


DIA 28.- En Sydney, el viajero toma de nuevo un avión con destino a Brisbane, una ciudad situada a 750 kilómetros de la capital australiana. Allí, tiene que ir a una agencia de viajes para organizar las próximas etapas, durante las que recorrerá los mares del Sur. La gente que ve por la calle le hace pensar en los aborígenes, esos habitantes primitivos de las islas que ahora se ven recluidos en los peores barrios de las ciudades, que arrastran una penosa situación económica, que casi no reciben educación y que viven en casas de muy baja calidad.

LUIS PANCORBO

Contamino un poco el aire fresco de la madrugada de Sydney en las cuatro caladas y media que aspiro antes de embarcar para Brisbane, el punto que mejor conecta con los mares del Sur melanesios. Sydney-Brisbane no pasa de un puente aéreo. El avión de Qantas se merienda impecablemente 750 kilómetros en una hora exacta y, además, te ofrece un amanecer digno de nota sobre la bahía de Sydney, quizá una de las más resplandecientes de la Tierra.

En Brisbane hace algo más de calor que en el sur. Está acabando el invierno, soleado y espléndido, y aunque yo tengo cuerpo de verano, más vale que saque pronto el jersey.

Lo primero que me conforta es saber que Australia tiene un ministro para la Reconciliación. Todos los países deberían nombrar uno y algunos hasta dos, si bien aquí la cuestión va de que el ministro del ramo, Philip Ruddock, piensa que los aborígenes están bien tratados. Incluso, los llama abos, la forma cariñosa; blackfellas es más dudoso y, niggers, impensable. Ruddock pide mucho cuidado con eso y también con la salud de los aborígenes: sus indíces de mortalidad superan tres veces la media nacional.

¿Va a haber un milenio para el pueblo que inventó Australia? Esa sí que sería una magnífica noticia en Brisbane, capital de Queensland, un estado que nunca fue demasiado tierno con sus habitantes originales.

Por el centro de Brisbane ves gentes de todos los colores, menos aborígenes, que no sólo tienen peor salud, sino baja economía, baja educación y escasa calidad de vivienda, lo que los confina en los barrios extremos.

Un taxista es paquistaní, un recepcionista aún habla con fuerte acento italiano, comes hojas de parra en un restaurante griego y, en general, no ves más que orientales, aunque luego se subdividan por sus variadas procedencias. Sobre todo, hay chinos. Creer que Brisbane es una metrópoli llena de rubios y desgarbados cocodrilos Dundee es tan erróneo como las frecuentes meteduras de pata. El Athletic Oval, un estadio de Toowoomba, suburbio con 5.000 aborígenes, acaba de ser rebautizado como Nigger Brown y se ha armado una buena pese a que ése era el nombre deportivo de un famoso jugador local.

Con todo, Brisbane tiene un raro poder aglutinador y, para ser una ciudad de más de un millón de habitantes, te sientes en casa. Puede ser el efecto lejanía o un irresistible aire provincial pese a la modernidad. Los australianos blancos, esa especie tan curiosa como el ornitorrinco, son muy amables siempre y cuando no les pises los callos.

Van a lo suyo, pero ocupan con decisión un punto vago del tiempo y del espacio. Quizá como efecto de su origen de convictos, para los aussies no existen otras barreras que la del Coral y los anchísimos cielos de que disfrutan. Son buena gente en el fondo, como diría Dersú Uzala, toda vez que se han hecho a codazos con una isla continente propiedad de los wangar o espíritus creadores de los aborígenes.

De manera que, en la agencia de viajes, Monique Mahony se solidariza enseguida con mi vuelta al mundo y trata de encontrarme unas extensiones que me convertirán en un saltamontes de los mares del Sur. Mientras Monique se aparta la melenita platino para navegar en los misterios insondables de las tarifas y las horas, hago lo propio en el gigantesco mapa de la pared. Acaricio con el dedo la raya imaginaria del 2000 cayendo sobre Chatham, Fiji, o Kiribati.

«Quizá su viaje tenga que reducirse a Salomón, Nueva Zelanda y Samoa», me canta Monique. Pero, un instante todavía. Mis ojos tropiezan ahora con la isla Parece Vela, una mota entre las miles del mapa situada entre las Batanes, el archipiélago más norteño de Filipinas, y las Marianas. Siento unas ganas repentinas de ir a Parece Vela y casi me prometo al menos el intento, cuando Monique sonríe, qué me creía. Ha arreglado toda una complicada red de conexiones y el resto es cosa de la Visa.

Antes de meterme en una cama que espero inmóvil, horizontal y con un par de mantas, todavía me da tiempo de tomar una cerveza en una casa pública. Veo que uno no aporta nada exótico en este sitio donde, entre humo, baladas y pintas, los latinos parecen anglos, los anglos parecen salseros, los chinos se tiñen de pelirrojo y un portero abo, grande como un armario, dirige la circulación del variopinto personal con una precisión y un meneo de caderas que me hacen preguntarle si es del Bronx. Yo soy el verdadero australiano, hermano.

Si uno quiere más milenio que eso, puede consultar a Umberto Eco: la globalización ha de entenderse como tolerancia, no como destrucción de las estructuras particulares y de las culturas de cada pueblo. Ojalá. A uno le parece que la globalización ya ha roto muchos platos por el mundo.