DIA 21.- Un día ajetreado. Primero, hay que volar desde Angkor Vat hasta Phnom Penh y, después, desde la capital de Camboya hasta Laos, donde el viajero ha decidido pasar un par de días y acercarse hasta Luang Prabang. En los vuelos, la distracción es averiguar cuándo celebrarán en estas latitudes la entrada en el nuevo milenio. Una vez en el aeropuerto de Vientiane, hay que obtener un nuevo visado y cambiar dólares por la moneda local: un dólar equivale a 9.295 «kips». Y rumbo a la habitación del hotel, con una magnífica vista sobre el Mekong.LUIS PANCORBO
Quizá porque hoy tengo que volar dos veces, primero a Phnom Penh y luego a Laos, la luz del amanecer en Angkor Vat no me parece tan bruja como la del ocaso. Reconozco que ninguna de las 1.850 figuras de apsaras danza en la pared con una misma expresión angelical. Ahí se quedan. No dispongo de 80 mundos, sino de 80 días que empiezan a volar.
Lo primero que descarto es volver por barco. Un Boeing 737-400 de la Malasia, cedido a la Royal Cambodge, cubre en 35 minutos los 228 kilómetros que separan por aire el sueño de Angkor y la cruda realidad que empieza en el aeropuerto de Pochentong.
Fogg aún anda rescatando a la princesa Auda, aunque dentro de un par de días, es decir, a los 23 días de su viaje, esté llegando a Calcuta. Nada mal para su época.
Mi única preocupación es averiguar qué milenio toca en Camboya. Pese a las devastaciones de Pol Pot, ha rebrotado el budismo y la influencia de un calendario que aquí marca el año 2452. En Tailandia es el 2453. ¿Por cuál he de guiarme? Por el gregoriano, fundamental en la navegación aérea del mundo si no queremos volvernos locos.
Otra cosa es que la Lao Aviation tenga una reputación especial. Los aviones salen cuando quiere el piloto. Aprovecho para merendar, nunca se sabe en regímenes como el laosiano o el camboyano. Pol Pot montó fahrenheit de libros que superaron a los de Hitler y, en su afán por abolir la propiedad privada, acabó aboliendo a la gente que llevaba gafas.
Por si tiene alguna utilidad cósmica, aparte de coyuntural en este viaje, leo que el 16 de abril de 1999 Laos entró en el año del Conejo, o 2542. Parece más congruente que el año 2000 sea el año del Dragón, aunque caiga a caballo entre el 2542 y el 2543 y lo esperen para bien entrado nuestro no menos vago milenio, el 30 de abril del 2000.
«¿Y usted cómo lo sabe?», me inquiere la azafata laosiana. Luego añade: «Señor, respecto a su pregunta, sólo tenemos 910 kilómetros hasta Vientiane». Eso significa que nos vamos a tirar 2 horas y 10 minutos. Es un milagro si este avión, fabricado en China, vuela a 500 kilómetros por hora.
Tampoco tengo más prisa de la necesaria. Me estoy planteando un simple fin de semana en Laos y supongo que un país de apenas cinco millones de habitantes resultará abarcable. Ni siquiera descarto llegar a Luang Prabang. Todo depende de conseguir un visado en el aeropuerto de Vientiane, algo impensable hasta hace poco con la poca ternura del régimen laosiano hacia los viajeros.
Antes de la Guerra de Vietnam, Graham Greene iba a Vientiane a probar su opio, al parecer el mejor del mundo. Yo también lo probé hace la tira en los ambiguos terrenos fronterizos del norte de Chengmai, que ahora sobrevolamos. Una vez, un brujo yao del Triángulo de Oro me demostró que la adormidera era buenísima para el lumbago.
Recuerdos, claro, cristales rotos por el tiempo, ese punto de estremecimiento o de juego de quien va a entrar en un país que no conoce para nada. ¿Qué dados se usarán en Vientiane?
No lo sé, muchos países parecen haberse alineado entre lo políticamente correcto y la tajada turística. El dorso de la tarjeta laosiana de embarque lleva publicidad de un magnífico resort en las montañas, y uno imaginando que aún eran relativamente comunistas.
Más me molesta la casilla que pregunta país de nacimiento y raza. ¿Pongo caucásico o raza universal? No pongo nada, porque hace tiempo que no creo en las distinciones raciales, aparte de que, si escribo raza montañesa, igual me toman por una vaca.
De lo que no te libras es de los 30 dólares (4.500 pesetas) del visado en el aeropuerto, 10 más que para entrar en Camboya. Espero que lo valga. Luego, por cada dólar te dan un curioso manojo de 9.295 kips. Al principio, pensé que serían bits o alguna unidad de memoria, pero son billetes.
Me informan de que para ir al hotel Riverside igual puedo ir caminando. No voy a encontrar taxi porque no hay. Al final, se acerca Loi y no me pide nada por llevarme en su tuktuk. «Págueme lo que quiera», creo intuir que me dice en inglés. ¿Está bien 9.295 kips?, y la sonrisa que esboza ahora ocupa todo su rostro.
En el Riverside me ofrecen un primer saludo laosiano, aparte de vistas a un río que no es cualquier río. Desde mi terraza veo avanzar al Mekong. En la otra orilla está Tailandia y habría podido venir aquí directamente desde Bangkok. Quizá mi elipse sea de otra naturaleza.
Si todo me sale bien, mi firme intención consiste en considerarme un residente temporal de Phnom Penh, que viene a pasar un fin de semana en Laos antes de volver a Camboya a terminar ciertos asuntos. Empiezo a creerme esta película que, al menos, no implica un globo.