DIA 14.- Una misión imposible, y más en el estado de Maharastra, feudo del hinduismo más ferviente: convencer a un hindú de que se convierta al catolicismo. Eso es lo que intentan, día tras día y año tras año, unos cuantos jesuitas españoles que viven en Bombay. Uno de ellos es el padre Joaquín Fuster, que ha hecho del colegio de San Javier su casa nada menos que desde el año 1937. Y eso que, según cuenta, los ingleses, durante la Guerra de la Independencia, le dijeron que se fuera. Otro es Pedro Juliá, un barcelonés de 74 años que viste ropajes naranjas.LUIS PANCORBO
Omar me capturó en el aeropuerto de Santa Cruz y, al principio, no supe que estaba cojo o quizá tullido. Tampoco que su taxi, un viejo Ambassador, se caía a pedazos. Pero cuando empezó a conducir contra Bombay, quiso pagar con una lección magistral mi perplejidad ante su máquina y su persona. Se metía entre el espacio que van a dejar dos coches, es decir, anticipaba en segundos un hueco. Si no, montaba un par de ruedas en el bordillo y orillaba una larga columna. En cualquier atasco era el primero en posición de salida, regateaba vacas, mendigos, bicicletas, camiones. Llegó en una hora al centro, cuando normalmente se tarda el doble.
Es su karma o eso le hace vivir a él y a sus dos hijos. No creo que exista cliente que no le dé una buena propina. «Bombay es una ciudad muy dura, pero yo no le tengo miedo», ésa fue la última enseñanza de Omar, el contrahecho.
«¿No ha traído paraguas?». El padre Joaquín Fuster me acoge como a un blanco, hasta cierto punto incorrecto, que anda por el monzón de Bombay sin otra protección que un periódico sobre la cabeza.
Fuster es un nombre imposible para los indios. Se convierte en Pusta para la telefonista de la centralita del colegio Saint Xaviers (San Javier tampoco lo pronuncian). Sin embargo, Fuster vive aquí desde 1937, con lo que se ha convertido en una institución y, si no es el español más veterano de toda la India, le falta poco. «Cuando la independencia, me dijeron: "Quit now" (vete ahora), y ya ve usted, aquí me tiene». Este jesuita mallorquín, de ojos azules y zapatillas de felpa, no sólo conserva fresca la cabeza, sino que aún da clases a los profesores de psicología de Bombay.
Con Fuster, no llegan a la docena los jesuitas españoles que resisten en el estado de Maharastra realizando su misión imposible. Si hay alguien inasequible a una conversión, ése es un hindú. Se puede predicar con el ejemplo, se le puede enseñar psicología moderna, y se le puede ayudar en la práctica. En otros terrenos más íntimos, el hinduismo no permite intromisiones. No en vano, es la religión practicada más antigua del mundo, que sigue girando desde el tiempo inenarrable de los Vedas, y aun antes de ellos, desde los dioses multiplicatorios que imaginaron el cosmos y dijeron que lo habían creado de un chorro de leche. Todo eso, contando con que el hinduismo sea una religión y no un conjunto matemáticamente improbable. El caso es que no hay conversiones.
Pero nuestros compatriotas en Maharastra siguen sin desmayar en el intento. Enseñan matemáticas o a hacer pozos, como Martín de los Ríos que, aparte de dirigir su construcción, tenía una asombrosa habilidad para encontrar agua con su varita de zahorí.
A Martín de los Ríos lo conocí hace más de 20 años por los caminos de un estado como el de Maharastra, por el que uno siente querencia. También encontré entonces a Tilot, que llevaba una boina negra y una barba blanca que entusiasmaban a los chavales; o al valenciano Toni Jursik, ahora párroco de la iglesia de San García, como llaman aquí a Gonçalo García, primer y único santo católico de la India. Toni vive en Vasai, al norte de Bombay, y a sus 59 años, la mitad de ellos consumidos aquí, aún tiene que luchar como el primer día.
Otro es Pedro Juliá, o Xilananda, un barcelonés de un temple extraordinario. A sus 74 años, sigue vistiendo ropajes de color naranja y no cata otra cosa que verduras para poder hacer lo más difícil: aventar las semillas dela palabra en una ciudad como Nasik, una de las más santas del hinduismo por su río, el Godavari, y por el propio Rama, que la visitó.
Con el tiempo y la falta de vocaciones, se les han ido sumando fuerzas locales, como Mascarenhas o Gonsalves, que vienen de familias asentadas en las costas de Bombay desde tiempos portugueses. Se dedican a la enseñanza o a los orfanatos y tampoco aceptan ese quit now, que le decían a Fuster hace más de 50 años y que sigue amenazándoles.
Fuster me aconseja que me compre un paraguas si voy a estar un tiempo en Bombay. Cuando le digo que pasado mañana me voy a Bangkok, me deja por imposible. «¿Cuánto le cobró el ricsó para ir a Vasai?», me pregunta. «Si he ido en taxi». A Fuster la cifra que he pagado por seis horas le alcanzaría para todo un año de transportes.
Fuster sabe mucho del cerebro humano y no le parece que los hemisferios hindúes sean tan remotos de los nuestros: «Lo que cambia es la cultura». Sigue sin ver el progreso de Bombay. «Me pregunto que harán ahora con estas lluvias, dónde se lavan, cómo comen, es terrible». En lo que menos transige es en la falta de tolerancia: «Los del Shiv Sena pegaron a una monja. Son terroristas, quieren echar a todos los extranjeros. ¿Le parezco yo un extranjero?».