DIA 6.- Jornada de contraste. Del bullicio de Londres al de Bombay, en ocho horas y 30 minutos, más una hora de retraso. Luis Pancorbo, siempre viajando hacia el este, en dirección al Sol, llega a la capital de la India con el habitual jet lag y con tres horas y media más de GMT. Allí le reciben la lluvia del monzón, el lujo y la fantasía del hotel Taj Mahal y su otra cara, la pobreza en los mendigos, los niños, los lisiados. Son las caras de los hombres y mujeres a quienes el milenio les resbala. En la India, si el calendario saka no les engaña, el 2000 será el año 1921.LUIS PANCORBO
A las 9.55 (GMT), que se pone en las 10.50, despega el Boeing 747 de British Airways decidido a cubrir en ocho horas 30 minutos los 7.493 kilómetros que median entre Londres y Bombay. Esto ya no tiene remedio.
Fogg necesitó siete días para plantarse del Reform Club en Suez y luego 11 más para ver la Puerta de la India. El vuelo me da tiempo para recapitular mi paso por Londres. Pasé por el Museo Británico, que también van a remozar para el milenio, y en el de Historia Natural vi la exposición Viajes de Descubrimiento donde me enteré que fue Banks, presidente de la Real Sociedad Geográfica durante 41 años (1778-1820), quien sacó de contrabando de España las ovejas merinas que luego Inglaterra envió a Australia con el éxito de lana que todos conocen.
También tuve tiempo de ver el musical Whistle down the wind (Silba bajo el viento), de Lloyd Weber, hoy Sir, donde, aparte del «poder transformador del amor», canta un mundo de sectas milenaristas en Luisiana. Swalow, la chica, confunde a un bandido evadido con Jesucristo y cree que sus oraciones se han hecho realidad.
Algo así pude observar al volver del teatro en metro: un chico llevaba un perro jadeante en el vagón y todo el mundo se deshacía con el animal como si fuera una persona necesitada. El perro servía para que se sonrieran un par de ingleses desdibujados entre unas italianas, chinos encorbatados, circunspectos hispanos, unas indias de la India en vaqueros y un jamaicano, supongo, por los rizos.
He visto el globo de sobra en cinco días, pero como quiero más me tengo que hacer a la idea de que cuando llegue a medianoche a la India serán tres horas y media más de GMT. A veces los países condimentan sus horas con extrañas fracciones.
Otro golpe es llegar de noche a Bombay bajo la lluvia del monzón. Cantidad de gente duerme a la intemperie buscando protección en una cornisa o un trozo de plástico. El milenio les resbala, aparte de que, si cuentan con el calendario saka, el 2000 será su año 1921. Y si cuentan en yugas, de imprecisables millones de años, seguro que un día se reencarnarán mejor.
Para sobrevivir en este viaje he adoptado dos máximas. Primero, caminar constantemente hacia el este, es decir, al encuentro del Sol, con lo que los días se me harán más cortos tantas veces cuatro minutos como grados recorra. A lo mejor ésta no es una máxima, sino la cita de un deseo como el de Fogg. Pero en fin, dado que la Tierra hace un viaje de 24 horas en torno al Sol (quién lo pillara) y que ese circuito se divide en 360 grados, el Sol estará en la vertical en los meridianos de 15 grados sucesivos en el curso de una hora. ¿De qué estamos hablando? De nada, caballero, simplemente de que, si son las 12 en Greenwich, serán las 12 y cuarto en algún lugar que esté un grado al este y serán las 11 con 56 minutos a un grado al oeste.
Mi segunda máxima fue más sencilla: no reservar hotel en ningún sitio, cosa de la que más de una vez me tuve que arrepentir.
El primer hotel que se me ocurrió fue el Taj Mahal. Naturalmente estaba lleno, salvo sus habitaciones a 200 dólares. No me debieron ver como jeque, sino como viajero, y cuando la cifra se redujo a menos de la mitad entré con buen pie en el mayor mundo de lujo que se pueda imaginar. Hoy voy a dormir bajo un baldaquino tras comer un mango y una carambola. Mañana sé lo que me espera.
El Taj Mahal es como un oasis o, si se quiere, como un fortín contra la pobreza desesperada que aquí nos circunda. Para cumplir otra fatídica vuelta al mundo basta dar cuatro pasos fuera del Taj Mahal, una especie de isla del día antes. Las bandas mendicantes, el hombre araña, la niña irresistible con churretes, los varios muñones que milagrosamente sostienen platillos donde si no echas, no te libras tan fácil.
En Londres había leído una frase del Recuerdo de las cosas pasadas de Marcel Proust que curiosamente destacaban mucho en el museo de Historia Natural: «El viaje real de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos». Con eso intenté dormirme, pero me lo impedía el jet lag, otra cosa que no se ve, pero que se siente mucho.
Me dio tiempo de dar vueltas en la cama y de decidir que uno intentaría viajar sin limitarse a describir una circunferencia como Fogg. Cuando me dormí soñé que aún estaba en Greenwich, pero no estaba viendo la alegría de mástiles del veloz velero Cutty Sark ni el blanco y pequeño Gipsy Moth IV con el que Sir Francis Chichester fue el primero en dar la vuelta al mundo en solitario.
Soñaba que, al anochecer, el astrónomo Robert Massey me perseguía por otro túnel del tiempo. Qué cosa más chocante. Quizá me impresionó el subconsciente haber vuelto de Greenwich a Londres por la galería de 365 metros que pasa bajo 16 metros de agua del Támesis y desemboca en Island Gardens, la otra orilla del Observatorio. Eso es con marea alta. Con baja, sólo tienes encima 10 metros de río o 33 pies para ser exactos. Con esa pesadilla me duermo nada más llegar a la India.